Sunday, December 17, 2006

Burgueses, mafiosos y policías

Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Unviersal el viernes 15 de diciembre de 2006.

El Ángel Exterminador

J.C.B.

Dicen que Dante Gabriel Rosetti , luego de leer Cumbres borrascosas, le escribió a un amigo: “La acción transcurre en el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres ingleses”. Es sabido que Buñuel se arrepintió en algún momento de haber filmado en México El ángel exterminador, una de sus mejores películas, una de las más radicales y extrañas. La imaginaba en Londres o en París, con actores y escenarios que encarnaran una alta aristocracia arquetípica. Buscó actores que no tuvieran una apariencia claramente mexicana. Pero no lo consiguió, o lo consiguió a medias. México está ahí, saliéndosele de las costuras, como sus manos de cadáveres saliéndose de los roperos. La acción pudo haberla imaginado en Londres, pero el asunto parece espantosamente mexicano.

Ya, ya, claro está: la fuerza de los clásicos es su vivísima actualidad, se ha dicho, y cada quien acomoda el que le apetece a su propio gusto o pesadilla. El caso es que he vuelto a ver El ángel exterminador y la lectura que me ha permitido esta vez me puso los pelos de punta. En ella, una pareja de la alta burguesía se dispone a realizar una cena de gran postín. Pero algo sucede, una fuerza que lo arruinará todo, e incluso antes de que los invitados lleguen, los sirvientes, empujados por una intuición irrefrenable, abandonan la casa. La celebración avanza entre paradojas y sarcasmos: un humor negro, absurdo, la recorre. Digo avanza, pero no: va hacia el encierro, hacia la asfixia. Por algún motivo que nunca sabremos, los convidados no pueden dejar la mansión y al hacerse conscientes de este encierro y de este aislamiento, pierden la compostura, devienen animalescos, se abandonan a la histeria y al miedo. Este es, a grandes rasgos, el argumento de la película, si es que puede hablarse de un argumento en el sentido habitual. Si con algo podemos emparentarla, más que con el surrealismo de Dalí es con los esperpentos de Valle Inclán y con las greguerías de Gómez de la Serna, las más paradójicas.

La crítica ha señalado reiteradamente la gran sátira de la burguesía que la subyace. El joven Buñuel, que se solazaba abofeteando curas a su paso, se volvió luego un viejo seco y preciso: demoledor. Puede ser la burguesía en abstracto, es verdad, pero lo que yo veo aquí es a nuestra obtusa burguesía, a la que no puede ver el país que la rodea, la burguesía de la felicidad radiante de Caras y Actual.

Perdónenme ustedes la lectura intencionada, el revanchismo social. Nadie puede reducir El ángel exterminador a una sola lectura, y por supuesto que no dice eso precisamente, y que dice mucho más. Pero luego sucede que los hechos en la película adquieren visos de profecía. Cuando al fin pueden escapar, nuestros personajes acuden a la iglesia a celebrar una misa de agradecimiento. Pero, al concluir ésta, una vez más no pueden salir del templo. Afuera, un hato de borregos corre hacia la iglesia, mientras el ejército masacra a una multitud. Claro que los borregos no eran una alusión a la cultura política mexicana, y claro que el ejército era aquí un capricho goyesco, uno más de esos desplantes de humor grueso de Buñuel. El ángel exterminador es universal, claro está, sólo que parece una película mexicana que transcurre en el infierno.


El bien y el mal según Scorsese

A.G.M.

Decía Borges que la paternidad es una cuestión de fe. Una apuesta contra el sensato principio según el cual jamás sabremos la verdad completa sobre ningún asunto. Un padre es alguien que prefiere cerrar los ojos a la incertidumbre y aceptar (por confianza, por credulidad, por inercia) que un hijo es suyo.

Quizá jugando con ideas similares, en Los infiltrados Martín Scorsese sigue la trayectoria del pequeño Collin Sullivan, quien no hacía más que estar sentado en una cafetería, sin imaginar que su verdadero padre estaba a punto de cruzar la puerta y arrebatarlo hacia una vida completamente diferente. No los une ninguna relación biológica: entre ellos, la paternidad se construye por elección mutua. A los nueve o diez años, Collin Sullivan decide convertirse en hijo de quien promete darle dinero, el capo Frank Costello. Y la primera enseñanza del gángster al pequeño (enormes ojos y aire inocente) es una tajante afirmación de relatividad moral: ¿qué importa ser un policía o un ladrón cuando te están apuntando con una pistola? Enormes ojos y aire inocente, Collin Sullivan asiente e inicia una carrera que lo convertirá en alguien como su padre recién elegido. Un hombre poderoso, que impone su criterio y tiene derecho de vida o muerte sobre otros. Un hombre que no distingue entre el bien y el mal, ni entre policías y mafiosos.

Más allá del bien y del mal, la conservación del poder se revela como el único valor, superior a la artificial distinción entre lo legal y lo ilícito, el que justifica cualquier acto, por ejemplo la violencia y la tortura. Collin Sullivan se va convirtiendo en un doble de Frank Costello, quizá en una versión mejorada, aún más letal. Al parecer, Collin Sullivan es aún más capaz de utilizar al bien y al mal en su provecho, es el infiltrado genial, el mafioso que puede llegar a dirigir la policía sin un solo momento de escrúpulo.

Del otro lado del espejo que opone a policías y mafiosos y revela constantemente su exacto parecido, el huérfano Billy Costigan busca su identidad mientras se infiltra en la mafia para tratar de atrapar a Frank Costello. Aunque en todo momento es capaz de desempeñar su papel y comportarse como un hombre y ejercer la violencia, no tener un padre poderoso lo hace vulnerable al miedo, a los escrúpulos, a las dudas, incluso a la necesidad de confiar en una mujer, debilidad que permite una de las paradojas finales de la película.

Aunque la paternidad es un artificio para conservar el poder (a través de sus hijos, un hombre sigue dominando y poseyendo lo que fue suyo), la pasión por ejercerlo arrasa incluso con ese vínculo. Más allá del supuesto afecto, padre e hijo se enfrentan en un escenario devastado, de donde sólo uno saldrá vivo tras pisotear años de confianza. También los infiltrados Costigan y Sullivan se baten en un duelo a muerte. Y la mujer de ambos se aleja de la escena funeraria llevando en su vientre a un hijo que, como corresponde a esta especulación sobre la paternidad, jamás sabrá si es hijo del policía o del mafioso.

P.D.: Esta semana ha muerto Augusto Pinochet, un perfecto ejemplo de la relatividad moral representada en Los infiltrados. Asesino, torturador y extorsionador, Pinochet recibe honores militares, burla a la justicia y provoca manifestaciones de júbilo en quienes piensan que este mundo se ha librado de un monstruo.

De la fragilidad de los hombres

Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal el viernes ocho de diciembre de 2006

Un amor de Mickey Mouse
A.G.M.


¿Qué hace Mickey Mouse en mi vida amorosa? No hace mucho conversaba con un viejo novio (viejo, no tanto por su edad, sino porque la historia sucedió hace años) sobre algunas escenas que vivimos juntos. Según él, nunca ha podido quitarse de encima un comentario mío, hecho en un momento de gran intimidad.
- Me recuerdas a Mickey Mouse,- dice que le dije.- ¿Te acuerdas de aquel corto en el que hechiza a las escobas para que acarreen el agua?
- El aprendiz de brujo, con música de Paul Dukas, -contestó al punto, porque siempre tuvo un lado erudito.- Un momento estelar de Fantasía.
Sin dejarme arredrar por su tendencia enciclopédica, proseguí: el corto era una maravillosa síntesis de su reacción ante las emociones desatadas a medida que nuestra relación avanzaba. Ahí estábamos, inundados por sentimientos, imaginaciones y recuerdos, jurándonos pasión eterna (en esos momentos él, como Mickey, alardeaba de su habilidad con la batuta) mientras las escobas acarreaban más y más cubetas. Yo me sentía encantada en aquel universo líquido (mi propio personaje tiene sus puntos de contacto con La Sirenita,) pero él se ahogaba. Su habilidad con la batuta, aunque incólume, parecía (y era) incapaz de detener el avance de las aguas, pero no podía dejar de considerarse responsable. Y fracasado. Por más que yo alabara su desempeño, parecía a punto de soltarse a llorar de terror.
Los hombres no lloran.
No hubo chiste capaz de relajarlo. Ni suculento platillo preparado por mis expertas manos, ni disco de Paul Dukas, ni enciclopedia del cine animado. De hecho, tronamos a las pocas semanas, quizá porque yo me sentía tan simpática haciendo comentarios que a él le sonaban lapidarios. La verdad, no hubiera sido tan difícil que me revirara: la aprendiz de brujo era yo, que no lograba comunicarle mi tierna preocupación, mi deseo de hacerlo reír para que se olvidara de sus miedos. Pero estábamos llegando al punto en que cualquier conversación es ya superflua.
Han pasado varios años y ahora podemos tomar café y recuperar escenas como ésta, porque conseguimos detener el drama de las escobas y las cubetas en un punto desde donde aún pudimos ser amigos. Ahora yo quisiera relatarle cómo me dolió la despedida. Pero enciende un cigarro y algo en su expresión me dice que sería mejor hablar de cine.

Deconstruyendo al hombre frágil

V. A.

¿Dónde radica, se esconde o se demuestra la fragilidad de un hombre? ¿En sus temores o preocupaciones? ¿En aquellas ocasiones en las que rompe los diques bajo sus ojos y deja escapar la sustancia salina? ¿En las que por fin se decide a hablar y confesar lo que le angustia o le causa dolor? ¿Cuando lo hieren? ¿Cuando abandona sus múltiples prejuicios y decide actuar de otra manera, menos agresiva o violenta?
A últimas fechas, he conocido muchos hombres que han abandonado el arquetipo del macho (o de “el mexicano” por excelencia hasta hace algunos años) y que suelen defenderse a capa y espada ante la más mínima sospecha o insinuación de que puedan serlo, de que alguna de sus actitudes demuestre el más leve indicio de comportamiento tosco y dominante. Para estos hombres, la conducta y acciones del macho son ahora no sólo maneras reprobables, que en el ideal más hombres deberían abandonar, sino una actitud que ha dejado de llevar el rol protagónico, para transformarse en nada más que una burda escenografía. Bajo este nuevo orden de ideas, dichos hombres —citadinos en su mayoría, de entre 20 y 40 años preferentemente— se muestran modernos y moderados, se abren a dialogar sus sentimientos y, en especial, dicen no temerle a la fragilidad.
No obstante y como coincidencia para demostrar la contradicción, un día conocí a un médico inglés. Furibundo y echando pestes, el doctor Banks es uno de los tantos que continúa renegando cada vez que su cruzada por la salud masculina se topa con el escaso o nulo interés que los hombres, si bien modernos y moderados, continúan sintiendo por su propia salud. Acompañado por una militancia de profesionales sanitarios, lo que Banks sigue buscando es conseguir medidas educativas que destierren el tópico de que “cuidarse mucho no es de hombres”, sin importar lo abiertos que éstos estén a la nueva época de la fragilidad, también para hombres.
Asistente habitual al Foro Europeo de Salud Masculina, el médico inglés contaba que los hombres suelen suicidarse más. En una encuesta llevada a cabo en el Reino Unido, uno de cada tres hombres continúa prefiriendo desahogarse por su cuenta que hablar de sus sentimientos más profundos con otra persona. El peaje de este recelo contemporáneo es que el 75% de los suicidios cometidos en el país los llevan a cabo hombres, y que el 67% de los que frustraron su intento, confiesa no haber encontrado ayuda real en ninguna parte, datos que si bien provenientes de otro país, no distan mucho de los que registran otros países, entre ellos el nuestro. Pero no sólo eso, Branks agregaba que si bien hombres y mujeres enferman igual, los hombres evolucionan peor al padecimiento. Las prevenciones, la cautela, las salvaguardas siguen estando reñidas con el talante del hombre —decía—, lo nuestro son los desafíos, y cuanto más bestias con nosotros mismos, especialmente en el tópico de la salud, aunque hacia el exterior seamos más cuidadosos, mejor.
Mi charla con el doctor inglés fue breve, pero repensando después lo que había dicho, quizá, estos datos vengan abonar la sensación de que esta nueva actitud masculina, la del hombre frágil, moderno y moderado, oponente del macho en toda la dimensión viril, todavía se mantiene en la superficie, hacia fuera, basada sólo en los modos de ser, más que en el ser en sí.

Día mundial contra el teléfono

Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal
el viernes 1 de diciembre de 2006

DIA INTERNACIONAL CONTRA EL TELÉFONO

C.R.G.

En "Silence on Trial", uno de los dos ensayos que conforman el libro Art and Fear de Paul Virilio, el autor arremete—con su característica grandilocuencia, con sus punzantes comentarios al margen y dentro del margen—contra la ensordecedora influencia del audio-visual—ese mundanal ruido, esa caterva de voces que han silenciado al silencio, que le han robado su voz. Por razones que quisiera parecidas y que, tal vez, en una de ésas, lo son, hoy hago un llamado contra el teléfono en particular y, ya entrados en apasionamientos de fin de año e inicios de milenio, contra el lenguaje oral en general.

Denuncio al teléfono como un instrumento de tortura. Escribo que la voz aturde, que la voz embota. Demasiado ahí. Excesivamente aquí. La voz es empalagosa. En una gran e imaginaria marcha del silencio, veo grandes mantas con los lemas: arriba el lenguaje escrito, abajo el lenguaje oral.

Mi amigo, el Más-Miedoso-de-Todos, asegura: las bocas son para besarse, no para hablar (y yo estoy de acuerdo).
El hombre escrito. La mujer escrita. Nada como ellos.
Hablar es siempre una decepción.
El que habla, posa.
Which is to say that since Homer did not know how to write, very possibly he did not know how to add, either. (David Markson dixit).
El lenguaje oral ya pasó.
Enjoy the silence (Depeche Mode dixit).

Me declaro radicalmente a favor de las cartas, aun las de amor, el e-mail, el blogspot, el messenger, el fax, los telegramas, los recados en las servilletas o en las palmas de las manos, los carteles, las películas subtituladas, los tatuajes, los contratos (especialmente los que incluyen letras pequeñísimas).

Yo soy yo y mi teclado.
Yo es letra (mi Amigo-El-Más-Miedoso dixit).
Un placer, como siempre, no hablar contigo.
Ah, el silencio de la escritura. Eso.
Esto.

De la conversación y los besos
S.G.L.

El teléfono es una extensión muy, pero muy dilatada de nuestra voz, de tu voz, de mi voz. Por ejemplo, se me ocurre, de pronto, una ‘buena idea’, y entonces me dirijo al teléfono, levanto el auricular, digito tu número telefónico, escucho los timbrazos y enseguida reconozco tu voz: Sííííí. Sé que a ese prolongado ‘sí’ le seguirá una breve pausa –décimas de segundo- que yo romperé al decir: ‘soy yo, y tengo que decirte algo…’ Y comienza la conversación telefónica.

En otras ocasiones renuncio al teléfono. Prefiero estar sentado a la mesa contigo, aspirando el aroma perfumado de una taza de café. Y yo que no soy parlanchín sino reservado y un poco asustadizo, al escucharte hablar me siento encantado, dentro de tu canto, que quiere decir que estoy dentro de tu tono y ritmo (porque la voz encanta es, pues, como un canto), digo, yo que apenas sé hilar un par de frases coherentes cuando doy la respuesta a la pregunta de la profesora, en ese momento de encantamiento, me atrevo y hablo (casi) sin parar.

Mientras hablas, respondiendo a lo último que dije que fue la respuesta a lo último que tú expresaste, aprovecho cuando noto que detienes tu locución para tomar aire y entonces paso mis brazos –bruscamente, debo confesarlo- alrededor de tu cuello para darte un beso que interrumpe la plática. Los besos son una suspensión, un descanso para continuar -sin sentirnos extenuados- nuestra conversación.

Si únicamente leyera tus cartas ¿cómo podría besarte? Porque la escritura prescinde del aquí y del ahora (hic et nunc) de tu cuerpo. Una carta debe estar bien escrita y el remitente debe ser generoso en detalles si quiere que el destinatario entienda lo que debe de entender. En cambio, el habla, la conversación descansa sobre las inflexiones de tu voz, de las pausas, del encuentro de tu mirada con la mía, de tus gestos, de tus manos agitándose en el aire... Todo ello contribuye a embellecer nuestra plática y al entendimiento mutuo.

Y si únicamente los besos prevalecieran en nuestras reuniones ¿cómo te haría saber que hoy estoy un poco perturbado porque mi día no fue bien? O que me haría bien contarte con detalle qué me sucedió. En ese momento preferiría que me oyeras, no que me besaras. No. Si la boca no sólo es para besarse ni sólo para la interminable verbosidad. La boca es para dar besos y para decir cosas (Sócrates, el filósofo griego, nunca escribió una sola línea).

Ahora recuerdo cuando te conocí. Antes de levantarme de la mesa de esa cafetería que era otra cosa menos cafetería, te pedí tu número de teléfono. ‘Háblame por las tardes o por las noches’ recibí como advertencia antes de que lentamente cantarás cada uno de los dígitos que fueron ocho. Anoté tus palabras en mi memoria y el número en la palma de mi mano. ‘Fue un placer hablar contigo’, y cuando concluiste la frase, te atraje a mí y te besé (los besos causan adicción, según Joaquín Sabina).

Saturday, November 25, 2006

La panza y la devoradora de cadáveres

Es varón y se llamará Miguel

V. A.

En días recientes, me topé con una revista —de título saludador— dispuesta como eficaz modo de entretenimiento en una sala de espera. Me puse a hojearla sin mayores expectativas, hasta que me topé con una serie de fotografías y una panza donde crece el futuro heredero, mostrada con inusual sensualidad. Como retando aquel tiempo en que el embarazo suponía un retorno al aura virginal perdida tras el matrimonio y las mujeres salían ataviadas con modelitos francamente “embarazosos”, la panza que vi durante la espera lo hacía desde la transparencia, desde la voluptuosidad y el brillo en la piel, reclinada en pose incitadora sobre un acolchonado sofá.

Sin embargo, la inicial vuelta de tuerca en las poses y el modo de exhibición del vientre sietemesino resultó ilusorio. A lo largo del discurso y acciones que rodean el futuro nacimiento del hijo —orgullosamente varón— procreado por el sol y la cantante, quedaba de manifiesto que los nacimientos de la realeza o las ilusiones animadas de Disney en cada uno de sus esplendentes alumbramientos cinematográficos, son ampliamente superados por el mundo del espectáculo. Baste mostrar un par de botones en frases como: "Este bebé llega en un momento mágico”, “Todos querrán verlo”, “Su padre estará conmigo el día del parto” o “Nacerá en otro lugar, pero será un ciudadano del mundo”.

En ese momento dejé la revista para que sirviera de entretenimiento a alguien más, pensando que, mientras la maternidad como institución está en un proceso desmitificador de redefinición, hay algunos que de manera pública y aferrados al “cuento de hadas”, tornan sin recato alguno a la añeja exaltación que desde hace siglos oímos propinar al estado de embarazo y las mujeres en ese estado, incluso, desde su propia voz, como: la “máxima realización de su persona”, más allá del impulso instintivo, un deber, la maldición bíblica insuperable o un consuelo a las muchas humillaciones.

En contraposición, recordé aquella novela escrita por Maya Rasker, la autora neerlandesa de Con destino desconocido (Premio Gouden Ezelsoor 2001, publicado por Siruela) y sus múltiples tesis sobre la maternidad y la pérdida de individualidad, la píldora anticonceptiva como actor principal dentro del proceso de redefinición, esa “dolencia crónica”, como su protagonista concibe lo que para otros es la realización, o la aún persistente exclusión masculina del tema gracias a la carencia de un vínculo físico más prolongado. Esa maternidad abordada como un concepto social que varía según los tiempos, por lo que valores como "el amor materno" no son naturales sino imposiciones culturales, sociales, religiosas e incluso económicas. Planteamientos, claro, lejanos de la panza exhibida como una falsa voluptuosidad que, peor tantito, servirá de modelo convencional e inspirador a otras mujeres, de menos al par que observé tomar la revista en aquel consultorio ginecológico y luego hacer comentarios entusiasmados sobre la célebre panza del mundo de la farándula.


La devoradora de cadáveres

A.G.M.

Mientras Araceli Arámbula exhibe la panza que por fin la ha llevado a la fama, demostrándole cuán vanos son otros esfuerzos en comparación con la plenitud biológica, otras imágenes rondan en torno al viejo concepto de lo femenino, como si su creciente obsolencia requiriera reiteraciones histéricas pero también puntualizaciones y vuelcos irónicos. Porque mientras la cantante pregona el orgullo de ser mamá de un varón que llevará el nombre del padre, el predio de las Ajaracas, donde estuvo la base del Templo Mayor de Tenochtitlan, acaba de vomitar una imagen identificada como Tlaltecuhtli, deidad que es a la vez Señor y Señora de la Tierra. Las referencias sobre él/ella saltan de un género a otro, y parecería que la necesidad de adjudicarle uno correspondiente a los conocidos por nosotros es manía del idioma español o de nuestras imaginaciones pobremente binarias.

Aunque Tlaltecuhtli tenga un aspecto masculino y otro femenino, al parecer el monolito de la Casa de las Ajaracas la capta en un momento que tira a lo femenino, en posición de parir. Pero cualquier semejanza con la cantante embarazada tiende a distraernos, porque se dice que Tlaltecuhtli era una insaciable devoradora cadáveres, especialmente de los cuerpos de los sacrificados. Tlaltecuhtli también engullía al Sol en cada atardecer, y se cree que esta imagen es la lápida del tlatoani Ahuízotl, un sol recién deglutido que daría lugar a otro amanecer. Quizá tales ideas sobre la vida y la muerte sufren el mismo calambre que las filtra a través de conceptos posibles en el idioma de los conquistadores; quizá fueron tan mutables como la feminidad y la masculinidad de Tlaltecuhtli, que nos saca la lengua –como si la pariera- con la elocuencia de lo indescifrable.

En hipotética sintonía, Adelaido Micha, Tereso Bermea, Freddy Kahlo, Margarito Gralia, Dionisio Bracho, Mario Félix y Julio Venegas se preguntan si será cierto que se necesita ser hombre para ser alguien. Corbata, traje de casimir, relojote y puro abiertamente fálico dan a estos personajes la oportunidad de ensayar aproximaciones a lo femenino y a lo masculino, mientras sonríen confiando en ser gente muy reconocible, se vistan como se vistan y se llamen como se llamen. Adelaido Micha y Margarito Gralia acentúan una feminidad autoritaria; Mario Félix perfecciona su pose bronca, Julio Venegas nos confía con inmensa discreción su andrógino parecido con Xavier Villaurrutia. Si las fronteras entre los géneros se desdibujan, sugiere esta campaña del Instituto Nacional de las Mujeres, el modelo de quien “es alguien” y detenta el poder permanece idéntico de una imagen a otra, y tiene que ver con unos pocos iconos de masculinidad tradicional, con cierta elegancia afín al ámbito empresarial, con la capacidad de desempeñarse como indudablemente criollo, citadino y autoritario. Lo masculino y lo femenino se van convirtiendo en una mascarada, mientras los recursos para “ser alguien” se definen estrictamente como acceso al dinero, a la fama, al triunfo, a distintas formas de eficacia y talento cuya relación, tanto con las hormonas como con la democratización y la diversidad, se hace más y más enigmática y más dudosa.

Sunday, November 12, 2006

En la era del celular

Desde el inicio de noviembre, el colectivo La Primera Dama está formado por Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos, Saúl Gutiérrez y Cristina Rivera Garza.

Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal el viernes 10 de noviembre de 2006

El celular facilita la circulación de las malas noticias

C.R.G.

Los objetos despiertan, sin duda, pasiones desmedidas. Eso pensé al encontrar una hoja mecanografiada en papel revolución sobre una pared citadina. Entre figuras agigantadas de graffiti y propaganda de una revista de, como se dice, actualidad, la hoja susodicha llamó mi atención por sus dimensiones, tan pequeñas, y por su obcecada hechura: tipografía mecánica y reproducción manual. Se trataba, a todas luces, de un manifiesto: un texto público redactado con la fiebre de la convicción y los recursos atávicos de un ludita de inicios del siglo XXI. El título: LOS CELULARES ACABARÁN CON TU VIDA.Lo había oído ya en muchas ocasiones (y en otras tantas lo había creído) (y en aún más lo había dicho yo misma) pero esta hoja tan nimia y tan procaz al mismo tiempo terminó por obligarme a hacer lo que estaba haciendo: leyéndola con atención, línea a línea.

Existe, decía el punto primero del manifiesto, algo que se llama Exceso de Contacto (así, con mayúsculas). Al facilitar el acceso a tu mundo cercano (el manifiesto insistía en hablarme de tú y eso, no sé por qué, me parecía ejemplo del mentado exceso) estás permitiendo que entren en tu esfera más íntima una cantidad indescifrable y, eventualmente, incontrolable de vibras y karmas que terminarán afectándote de maneras definitivas. Por ejemplo: ese número sólo en apariencia equivocado es, en realidad, un caballo de Troya que ayudará a derribar las paredes de esa ciudad interna a la que es fácil denominar El Yo.El punto número dos era menos poético: “En la era de la información y su incesante ruido, el ser humano precisa de silencio. Necesitas escucharte a ti mismo”. Revisé las muchas tardes que había pasado escuchándome a mí misma y pensé que, de haberlo hecho, el ludita anti-celularítico se lo habría pensado dos veces antes de llamar a eso silencio. Por un momento pensé que era un aliado no muy secreto de la paranoia urbana que, con sus mítines incesantes en los paneles de la cabeza, constituye la forma más ecuménica, y desesperanzada, del ruido.

En el tercer punto le di la razón: “El celular facilita la circulación de las malas noticias”. En efecto, si ya no se tardaban en llegar en un mundo sin tecnología, podía ver, y había comprobado ya en algunas ocasiones, que las malas noticias constituían uno de los grupos más beneficiados por el exceso de contacto al que nos sometían tantos caballos de Troya de la era celular. ¿Y necesita uno, de verdad, una mala noticia?El quinto y sexto punto eran, a decir verdad, uno solo: el celular era un ataque contra el cuerpo, el cuerpo y su presencia, el cuerpo y su lentitud, el cuerpo y sus gestos. Ese pequeño aparato con lucecitas de colores y ruiditos psicodélicos no era más que el abracadabra con el que la sociedad actual había logrado por fin deshacerse de los cuerpos. Es cierto, admitía, que muchas veces se utilizan estos teléfonos para hacer citas y, luego entonces, juntar cuerpos, pero la mayoría de las veces, también decía esto, las citas sólo son pretextos para que otros nos vean hablando por teléfono con los que, debido a que tienen cuerpo, no están ahí.

En esos momentos pasaban por la calle dos muchachos aparentemente juntos, pero cada uno con su celular pegado a la oreja derecha y, vaya, no pude evitar un súbito ataque de melancolía. Recordé que ahí, dentro de mi bolsa, estaba ese pequeño objeto que me conectaba innecesariamente con otros, sobre todo con esos otros que me buscaban para darme cantidades irrisorias de trabajo, que me llenaba de ruido y de paranoia y de malas noticias mientras la ciudad interna ésa a la que insisto en llamar mi yo se convertía en la mismísima Mujer Invisible frente a los hombres o mujeres que sostenían entretenidas conversaciones con sus fantasmas favoritos. Saqué, pues, en plena actitud de derrota, un plumón rojo de mi bolso (que es una verdadera cueva de las mil maravillas) y subrayé todos y cada uno de los puntos del Manifiesto Ludita. Luego, como es claro, no pude evitar tomar mi celular y contarle mi dramática experiencia al fantasma de Troya que se desvanecía del otro lado de la línea.

En la era del “celuloide”
V. A.

Recuerdo aquella vieja canción que interpretaban Los Tigres del Norte y que poseía un estribillo, suficientemente peculiar en hablando de canciones norteñas, como para que la memoria no lo olvidara: “con mi celular en la mano, parezco ciudadano de la capital”. Eso es todo lo que recuerdo de la canción, pero en la era moderna, algo de profético parece haber tenido ese verso que no hablaba de amor, desamor o narcotráfico.

Conjeturo que en la época cuando apareció aquella canción, el celular apenas se despedía de su enigmático pasado como objeto digno de la ciencia ficción, de aparecer en las manos de James Bond o en versión reloj, sujetado a la muñeca del Santo Enmascarado de Plata, en alguna de sus películas “futuristas”; pero que el hecho de estarse transformando en un objeto cotidiano, todavía no le restaba el poder de clasificar seres humanos; poder que en la época actual no pierde aún.

En algunos cafés me he topado con mesas a las cuales está un grupo de hombres trajeados, y como una réplica exacta de aquella batalla obsesiva que sostenía el protagonista de American Psycho con algunos compañeros de oficina, los hombres conversan no sobre sus tarjetas de presentación, sino sobre el modelo y aplicaciones del celular que llevan consigo en ese momento; entre la plática, dejan muy claro que quien tiene el mejor es, en efecto, “ciudadano de la capital”, y el resto, no se sabe exactamente a qué clase de ciudadano pertenece.

En la relación actual entre hombre y celular, ya no basta con que el objeto sea un teléfono móvil: los reales “ciudadanos” parecen ser aquellos que han llegado a la meta de modelos como el BlackBerry, luego entonces, que los “ciudadanos de la capital” son esos trabajadores compulsivos, conectados permanentemente a la oficina y los negocios, porque el citado modelo es, ni más ni menos, una versión compacta y encapsulada de su oficina “para llevar”.

Pero no todo es la productividad, el celular es también un otorgante, no sólo de la jerarquía ciudadana, sino un reflejo de identidad, casi inequívoco, que se evidencia menos notorio en los hombres trajeados, pero que exprimen a cual más los ciudadanos más jóvenes: con cámaras fotográficas integradas, versiones de iPod y opciones en línea para singularizar el modelo producido en masa, el celular se transforma en un depositario directo de gustos y aficiones, una suerte de identificación personal. Con sólo escucharlos sonar es posible saber ciertas preferencias del dueño, y si convivimos con él —ahora que existen los distintos tonos para identificar llamadas—, cuáles de éstas pueden alegrarle el día (por lo regular aquellas que se identifiquen con tonos jubilosos) y cuáles se lo ennegrecen (recuerdo uno que sonaba con el tema de la cinta El exorcista).

Ignoro cuáles habrán sido las razones de Los Tigres del Norte para haber compuesto y cantado semejante melodía, pero en la era actual del “celuloide”, como algunos le llaman cariñosamente, no puede quedar duda de su tino profético en relación al poder jerarquizante del celular, máxime cuando se sabe que, mientras los “ciudadanos de la capital” llevan a cuestas los modelos más sofisticados, en México, como en muchos otros países en desarrollo, aún continúa existiendo un gran número de personas que nunca en su vida han hecho una simple llamada telefónica.

Saturday, November 04, 2006

El traje nuevo del emperador se desgarra

Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal el viernes 3 de noviembre de 2006.

El traje del emperador se desgarra

A.G.M.

El viejo cuento sobre el traje nuevo del emperador muestra con gran claridad una necesidad inherente al poder: para ejercerlo, es indispensable presentar un espectáculo capaz de imponer respeto, admiración, quizá temor. La clave es convencer a los mirones de que el emperador es superior a ellos, y por eso merece su obediencia.

Conseguir hoy este efecto no es tan sencillo: el hombre de traje y corbata se mueve en un estrecho espacio entre lo autoritario y lo aburrido, como Felipe Calderón. Hace años los políticos se esfuerzan por verse más informales, más cercanos a sus votantes: chamarras de cuero, botas, camisas con los botones superiores desabrochados. Vicente Fox se especializó en esa imagen donde lo informal se combina con lo fácilmente chistoso, espectáculo que surtió efecto hace seis años, aunque ahora esté desgastado. López Obrador intentó su propia versión de "este cuate que sí sabe de qué se trata y nos comprende tan bien", con las chamarras y las telas rudas de quien no se limita a trabajar en un escritorio. Una masculinidad de trabajador, de valiente y digno de confianza, de quien no tendrá miedo de luchar por nosotros.

Estas imágenes tienen su lado peligroso: ¿qué sucede si el político nos convence de ser tan igual al vecino que realmente no hay diferencia entre ellos? Enfrascados en una lucha furibunda por el poder, los miembros de la clase política han descuidado este riesgo y para atacarse han divulgado más y más documentos que sugieren algo inquietante: lejos de ser como nosotros, los políticos son mucho peores; son gente con quien jamás quisiéramos encontrarnos para tomar un café; ni siquiera para subir cinco pisos en un elevador. Que sirvan de prueba las grabaciones de conversaciones entre Kamel Nacif y el gobernador de Puebla o con Emilio Gamboa Patrón.

Una hermosa y radiante mañana, los ciudadanos descubrieron que los hombres en el poder utilizan lo que en algún tiempo se llamó un lenguaje soez y ahora debe llamarse lenguaje palaciego: mamadas, cabrones, chingadas y demás parecen indispensables para que quienes se mueven en los ámbitos del gobierno expresen, si no sus ideas, al menos lo sucedido bajo sus cabelleras. Que Kamel Nacif no puede hilar tres frases seguidas es penosamente evidente. Sean cuales fueren sus virtudes, la elocuencia no figura entre ellas. Y ni falta que le hace. Le basta demostrar (a sí mismo y al interlocutor) su brutalidad para atropellar a las personas, sobornar y manipular instituciones, torcer a su gusto las leyes. Los hombres en el poder han renunciado a otras ilusiones de superioridad y se atienen a la más elemental: son superiores porque tienen la fuerza, y quien se enfrente con ellos la sufrirá. Qué superfluos son los derechos, las ideas de legalidad.

En tiempos de los cuentos de hadas, el emperador buscaba al sastre capaz de coserle un traje nuevo porque ambicionaba reinar sobre quienes lo respetaban y veneraban, por más que él supiera no merecerlo. Cuando los hombres en el poder se saben incapaces de inspirar esos sentimientos y ni siquiera ante ellos mismos ni ante sus colegas procuran mantener otra ilusión que su capacidad de destruir e imponerse por la fuerza, cuando en vez de repudiar estas manifestaciones la clase política se aglutina para proteger al gober precioso, a Ulises Ruiz y a sus colegas, está claro que el país está obligado a obedecer solamente por miedo, mientras su asco y su rabia siguen creciendo.


Hablo, entonces soy
S.G.L.

La conversación incorpora -y yo digo- define a las personas o a los hablantes. Uno es lo que dice en tanto el lenguaje (o discurso) es un referente ideológico para interpretar la realidad, un código cuyo uso en la vida cotidiana organiza y consolida a una comunidad de hablantes y es el medio cultural por excelencia para organizar el sentido y la experiencia de sí mismo. Hablo, entonces soy.

En una conversación telefónica –cuya trascripción fue dada a conocer el martes 14 de febrero- Kamel Nacif habla con el aún gobernador de Puebla Mario Marín. El tema de la plática es el proceso penal en contra de Lydia Cacho. El intercambio entre ambos personajes abre con la secuencia ya muy conocida: M: Quiúbole, Kamel. K: Mi gober precioso. Estos dos turnos establecen ya de entrada el tono en el que se desarrollará la conversación: el de la amistad entre ambos hablantes.

El tema de la conversación -que es de orden jurídico y público- es tratado como si fuese una rencilla puramente personal entre Kamel y Lydia Cacho. Y lo sorprendente es que Nacif considera al poder público -representado por el gobernador- como un aliado para avasallar a su contrincante: K: No, tú eres el héroe de esta película, papá. M: Pues ya ayer le acabé de darle un pinche coscorrón a esta vieja cabrona. Mario Marín cumplió: castigó a Lydia y, así, demostró abiertamente su lealtad a Kamel. Es cierto que más adelante Mario Marín insinúa que Lydia Cacho ha violado la ley, pero la insinuación es elaborada en el mismo lenguaje rijoso y altanero: M: Le dije [a Lydia] que aquí en Puebla se respeta la ley y… Ya le mandé un mensaje a ver cómo nos contesta. Pero es que nos ha estado jode y jode…

Estos dos hablantes creen que las conversaciones privadas sobre los asuntos públicos no únicamente deben estar salpicadas con palabras altisonantes (Monsivais dijo que Kamel inauguró el cabroñol) sino subrayar para confirmarse ante sí y ante las otras (os) como hombres. Después de el saludo entre el gober precioso y Kamel sigue este intercambio: M: Mi héroe, chingao. K: No, tú eres el héroe de esta película, papá. Los hombres –éstos de la conversación- lo son porque como los héroes se supone que enfrentan una situación de crisis, tiene la habilidad de sortear los inconvenientes y, después de todo, consiguen una victoria que celebrará Mario Marín bebiéndose dos botellas de cognac. Y si alguna duda prevalece sobre el punto, léase este intercambio entre un tal Andrés y Kamel: K: No, que chingue su madre. ¿Sabes qué me dijo el gobernador? Que vengan unos pinches periodistas y que les diga que en el estado de Puebla no se van a tolerar las mentiras y las injurias. Tiene Huevos. El Mario Marín es muy hombre, pues.

Las relaciones que Kamel ha establecido con diversos personajes transitan entre la complicidad y el nepotismo. Un señor de apellido Arellano le dice a Kamel: Orita me habló Pablo Salazar Me dice:'si quieres... ya habló con los de La Jornada…Pero si quieres vamos a ver a Soberones… es mi amigo. Y rematan con el desprecio por los otros que no son sus amigos: A: No creo que esas cosas le importen tanto al gober K: Claro, el gober está en contra de estos perros.

Un análisis pormenorizado –que no se puede hacer aquí- de estas conversaciones revelaría con mayor nitidez quiénes son estos personajes, qué hacen y cómo gobiernan este país llamado México.

Saturday, October 28, 2006

Elogio de la piratería

Publicado en el periódico mexicano El Universal el viernes 27 de octubre de 2006

La mercancía en la era de reproducción pirática

C. R. G.

El original no existe, se sabe. En una época que ha puesto en duda de manera sistemática no sólo el valor sino la existencia misma de lo auténtico es sólo natural (y utilizo esta palabra aquí con sumo cuidado) que las copias y sus auras, como dijera Walter Benjamin en uno de los ensayos más citados del siglo XX, ocupen un lugar especial y controvertido (y también especialmente controvertido) en las vidas cotidianas de los consumidores contemporáneos. Ya en 1936, cuando el torturado filósofo alemán publicó La obra de arte en la era de la reproducción mecánica, ambivalentemente denostaba y celebraba las capacidades tecnológicas de una época que, por una parte, aseguraban la reproducción de la obra de arte aunque, por otra, lo hacían a costa de la pérdida de su aura, su aquí y ahora que, según él, constituía su certificado de autenticidad (algo que definía como “la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración material hasta su testificación histórica”). ¿Qué decir unos 70 años después ya en plena era de la reproducción pirática? Si bien una mercancía no es un objeto artístico y sí, por el contrario, un objeto masivo resultado de la desarrollada capacidad tecnológica para producir en serie, todo parece indicar que las habilidades reproductivas, especialmente cuando éstas son tan masivas como las productivas, ocasionan efectos económicos y culturales que bien vale la pena revisar.

Basta pasearse por cualquier calle céntrica de cualquier ciudad del país para encontrarse con los emblemáticos vendedores ambulantes que dan cuenta del estatus de las mercancías en la era de la reproducción pirática. Veamos.

1) La mercancía pirata transforma el concepto de autenticidad en un asunto de fe. La calidad creciente de las réplicas hace realmente difícil distinguir entre el objeto original y el objeto no-original. Así, al ir comparando detalle por detalle y no encontrar diferencia alguna entre uno y otro, el consumidor no tiene otra alternativa más que recurrir a la creencia de que, como el objeto ha sido adquirido en un establecimiento autorizado, es decir, en un establecimiento que paga impuestos al estado, el objeto, luego entonces, es el objeto original. Esta relación entre el estado y el objeto, escandalosa de por sí, significaría poca cosa sin la mediación de la creencia. Y es ésta, no el objeto, la que nos hace exclamar, dependiendo del anhelo o del caso, que lo que tenemos entre manos es un objeto original.

2) La mercancía pirata democratiza el mercado. Transformando en realidad una promesa que todo régimen político hace pero ninguno cumple, los Ambulantes Vendedores participan en la democratización de ciertos objetos (películas, ropa, bolsas, zapatos, discos, entre tantos otros) al extraerlos de los canales de comercialización elitistas y ponerlos al alcance de un público masivo. De esta manera, independientemente de los ingresos económicos, las mayorías tienen acceso a los objetos de estatus social que alguna vez fueron el coto cerrado de los pocos.

3) La mercancía pirata obliga a enunciar lo obvio y, luego entonces, a denunciarlo. En un retuércano de probada perversión, la mercancía pirata devela la descarada búsqueda de estatus de los consumidores. La clase media no nace, se hace a través de las etiquetas de la ropa que se pone. Cuando el consumidor se ve obligado a anunciar que la mercancía en uso es la “original”, lo que el consumidor confiesa es que poco le importa el disfrute del objeto (por eso los defensores de lo “auténtico” no pueden ser verdaderos hedonistas) y mucho, en cambio, el status que el objeto le confiere. Lo original es el poder de decir “lo original”.

4) La mercancía pirata se sale con la suya. Paródica lo es, no cabe duda. Y también es irónica. La mercancía pirata coloca esa sonrisa socarrona en la cara de quien pagó menos de la mitad y aún menos por una etiqueta muy bien copiadita.

Elogio de la piratería

A.G.M.

Soy una neurótica de la puntualidad. Cada cita se convierte para mí en un imperativo categórico; llego diez minutos antes de la hora fijada; calculo las maneras de cruzar los embotellamientos, el número de semáforos. Pero desde hace algún tiempo noté que la vieja manía me causaba náuseas. Me sucedía cuando iba al cine.

¿Por qué?, me pregunté. Ser puntual es un signo de inadaptación a la cultura mexicana, pero a mi edad una aprende a amar esas imperfecciones de una misma, a encontrarlas encantadoras. Por eso puedo sonreírle a mis amigos, que jamás llegan temprano ni dejan de sentirse a sus anchas.

Por favor, insistí. Ser puntual puede ser irritante, pero no cuando voy a ver una película. Así me aseguro de encontrar un buen lugar, tener tiempo para entrar al baño, comprar las palomitas. Por lo menos así era hasta que por cada película empecé a hacer penitencia: cada vez tengo que aguantar los anuncios contra la piratería.

Las películas piratas se ven mal, regaña la voz en off. Mentira, pienso con toda mi pasión por la verdad. Las películas piratas se ven exactamente igual que las otras. Gracias a las películas piratas puedo ver filmes que jamás se exhiben en los cines porque las distribuidoras no las consideran buen negocio o porque serían un reto a la convicción de que los espectadores de esta ciudad somos estúpidos. Es más: tener buen gusto cinematográfico la convierte a una en beneficiaria agradecida de esos audaces empresarios que ponen a nuestro alcance una selección más variada que las grandes cadenas comprometidas con el cine más comercial y obtuso.

Pero tú como papá te ves peor. Qué línea repugnante. ¿Por qué dice “como papá”, como si una mamá jamás les regalara una película a sus hijos? ¿Será para mantener en su lugar a esas locas que por trabajar ocho horas y tener poder adquisitivo se creen iguales? Tanto papás como mamás, por más que trabajen, agradecen el sensato ahorro que pone a nuestro alcance la piratería. Pero, ¿acaso la piratería se especializa en películas para niños? ¿O más bien el argumento es tan insostenible que no funcionaría si se dirigiera a nosotros sin chantajearnos? A ver, intentémoslo: Sé leal a las grandes trasnacionales: es chic comprar un producto cinco veces más caro. No suena muy convincente. Sólo cuando te arrancan un ojo de la cara puedes estar seguro de la calidad de un producto, de otra manera tu idiotez es insalvable. Menos. Enséñale a tus hijos que siembras el dinero en macetas y puedes tirarlo a manos llenas. Hummm. ¿De veras tener hijos produce tal parálisis que ni los papás ni las mamás pueden decirles a los niños, por ejemplo, no es lo mismo copiar en un examen que comprar más barato, traerte más películas y apoyar a los empresarios locales? ¿O bien recurrir al tesoro de la lengua española y sacar a relucir alguna perla tradicional, como una de cal por las que van de arena?

En este punto me doy cuenta del gran número de espectadores que aprovechan el nauseabundo mensaje para ir al baño, comprar las palomitas, saludar a sus cuates y compensar su falta de puntualidad gracias a esta cubetada de moralina. No hay de qué preocuparse: la piratería crece sana y robusta en torno nuestro. Tanto las leyes del mercado como ese gran sector del país que sobrevive gracias a la economía informal están a salvo, y el resto de nosotros también. Y por primera vez en mi vida atisbo la felicidad de vivir como mis congéneres, llegando quince minutos tarde.

Elogio de la piratería

La mercancía en la era de reproducción pirática

C. R. G.

El original no existe, se sabe. En una época que ha puesto en duda de manera sistemática no sólo el valor sino la existencia misma de lo auténtico es sólo natural (y utilizo esta palabra aquí con sumo cuidado) que las copias y sus auras, como dijera Walter Benjamin en uno de los ensayos más citados del siglo XX, ocupen un lugar especial y controvertido (y también especialmente controvertido) en las vidas cotidianas de los consumidores contemporáneos. Ya en 1936, cuando el torturado filósofo alemán publicó La obra de arte en la era de la reproducción mecánica, ambivalentemente denostaba y celebraba las capacidades tecnológicas de una época que, por una parte, aseguraban la reproducción de la obra de arte aunque, por otra, lo hacían a costa de la pérdida de su aura, su aquí y ahora que, según él, constituía su certificado de autenticidad (algo que definía como “la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración material hasta su testificación histórica”). ¿Qué decir unos 70 años después ya en plena era de la reproducción pirática? Si bien una mercancía no es un objeto artístico y sí, por el contrario, un objeto masivo resultado de la desarrollada capacidad tecnológica para producir en serie, todo parece indicar que las habilidades reproductivas, especialmente cuando éstas son tan masivas como las productivas, ocasionan efectos económicos y culturales que bien vale la pena revisar.

Basta pasearse por cualquier calle céntrica de cualquier ciudad del país para encontrarse con los emblemáticos vendedores ambulantes que dan cuenta del estatus de las mercancías en la era de la reproducción pirática. Veamos.
1) La mercancía pirata transforma el concepto de autenticidad en un asunto de fe. La calidad creciente de las réplicas hace realmente difícil distinguir entre el objeto original y el objeto no-original. Así, al ir comparando detalle por detalle y no encontrar diferencia alguna entre uno y otro, el consumidor no tiene otra alternativa más que recurrir a la creencia de que, como el objeto ha sido adquirido en un establecimiento autorizado, es decir, en un establecimiento que paga impuestos al estado, el objeto, luego entonces, es el objeto original. Esta relación entre el estado y el objeto, escandalosa de por sí, significaría poca cosa sin la mediación de la creencia. Y es ésta, no el objeto, la que nos hace exclamar, dependiendo del anhelo o del caso, que lo que tenemos entre manos es un objeto original.
2) La mercancía pirata democratiza el mercado. Transformando en realidad una promesa que todo régimen político hace pero ninguno cumple, los Ambulantes Vendedores participan en la democratización de ciertos objetos (películas, ropa, bolsas, zapatos, discos, entre tantos otros) al extraerlos de los canales de comercialización elitistas y ponerlos al alcance de un público masivo. De esta manera, independientemente de los ingresos económicos, las mayorías tienen acceso a los objetos de estatus social que alguna vez fueron el coto cerrado de los pocos.
3) La mercancía pirata obliga a enunciar lo obvio y, luego entonces, a denunciarlo. En un retuércano de probada perversión, la mercancía pirata devela la descarada búsqueda de estatus de los consumidores. La clase media no nace, se hace a través de las etiquetas de la ropa que se pone. Cuando el consumidor se ve obligado a anunciar que la mercancía en uso es la “original”, lo que el consumidor confiesa es que poco le importa el disfrute del objeto (por eso los defensores de lo “auténtico” no pueden ser verdaderos hedonistas) y mucho, en cambio, el status que el objeto le confiere. Lo original es el poder de decir “lo original”.
4) La mercancía pirata se sale con la suya. Paródica lo es, no cabe duda. Y también es irónica. La mercancía pirata coloca esa sonrisa socarrona en la cara de quien pagó menos de la mitad y aún menos por una etiqueta muy bien copiadita.

Elogio de la piratería

A.G.M.

Soy una neurótica de la puntualidad. Cada cita se convierte para mí en un imperativo categórico; llego diez minutos antes de la hora fijada; calculo las maneras de cruzar los embotellamientos, el número de semáforos. Pero desde hace algún tiempo noté que la vieja manía me causaba náuseas. Me sucedía cuando iba al cine.

¿Por qué?, me pregunté. Ser puntual es un signo de inadaptación a la cultura mexicana, pero a mi edad una aprende a amar esas imperfecciones de una misma, a encontrarlas encantadoras. Por eso puedo sonreírle a mis amigos, que jamás llegan temprano ni dejan de sentirse a sus anchas.

Por favor, insistí. Ser puntual puede ser irritante, pero no cuando voy a ver una película. Así me aseguro de encontrar un buen lugar, tener tiempo para entrar al baño, comprar las palomitas. Por lo menos así era hasta que por cada película empecé a hacer penitencia: cada vez tengo que aguantar los anuncios contra la piratería.

Las películas piratas se ven mal, regaña la voz en off. Mentira, pienso con toda mi pasión por la verdad. Las películas piratas se ven exactamente igual que las otras. Gracias a las películas piratas puedo ver filmes que jamás se exhiben en los cines porque las distribuidoras no las consideran buen negocio o porque serían un reto a la convicción de que los espectadores de esta ciudad somos estúpidos. Es más: tener buen gusto cinematográfico la convierte a una en beneficiaria agradecida de esos audaces empresarios que ponen a nuestro alcance una selección más variada que las grandes cadenas comprometidas con el cine más comercial y obtuso.

Pero tú como papá te ves peor. Qué línea repugnante. ¿Por qué dice “como papá”, como si una mamá jamás les regalara una película a sus hijos? ¿Será para mantener en su lugar a esas locas que por trabajar ocho horas y tener poder adquisitivo se creen iguales? Tanto papás como mamás, por más que trabajen, agradecen el sensato ahorro que pone a nuestro alcance la piratería. Pero, ¿acaso la piratería se especializa en películas para niños? ¿O más bien el argumento es tan insostenible que no funcionaría si se dirigiera a nosotros sin chantajearnos? A ver, intentémoslo: Sé leal a las grandes trasnacionales: es chic comprar un producto cinco veces más caro. No suena muy convincente. Sólo cuando te arrancan un ojo de la cara puedes estar seguro de la calidad de un producto, de otra manera tu idiotez es insalvable. Menos. Enséñale a tus hijos que siembras el dinero en macetas y puedes tirarlo a manos llenas. Hummm. ¿De veras tener hijos produce tal parálisis que ni los papás ni las mamás pueden decirles a los niños, por ejemplo, no es lo mismo copiar en un examen que comprar más barato, traerte más películas y apoyar a los empresarios locales? ¿O bien recurrir al tesoro de la lengua española y sacar a relucir alguna perla tradicional, como una de cal por las que van de arena?

En este punto me doy cuenta del gran número de espectadores que aprovechan el nauseabundo mensaje para ir al baño, comprar las palomitas, saludar a sus cuates y compensar su falta de puntualidad gracias a esta cubetada de moralina. No hay de qué preocuparse: la piratería crece sana y robusta en torno nuestro. Tanto las leyes del mercado como ese gran sector del país que sobrevive gracias a la economía informal están a salvo, y el resto de nosotros también. Y por primera vez en mi vida atisbo la felicidad de vivir como mis congéneres, llegando quince minutos tarde.

Saturday, October 21, 2006

La fragilidad de los hombres

Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal el viernes 20 de octubre de 2006

De las mujeres y la fragilidad de los hombres

S.G.

La división privado-público aún organiza las relaciones sociales. Desde que el trabajo dejó de ser una actividad desarrollada en casa, en la esfera de lo privado se quedaron las imágenes, los deseos, las fantasías, el cuerpo y la sexualidad. En oposición, la eficacia, el cálculo, la productividad, el autocontrol y el orden pasaron a formar parte del mundo público. Organizar la vida social de este modo precisó de la invención de otra dicotomía: a saber: femenino-masculino. De hecho, en algún punto de la historia se institucionalizó una relación específica entre hombres y mundo público y mujeres y esfera privada.
Un rápido vistazo a las relaciones heterosexuales ilustrará, sin embargo, que las fronteras entre lo masculino-femenino no son rígidas sino más bien flexibles y negociables.
Por un lado, para sostener la imagen de que los hombres son los poseedores legítimos del pensamiento racional, los únicos con la capacidad y habilidades para crear orden y certidumbre, así como los actores que representan a la humanidad, es necesario suprimir en cualquier contexto prácticas discursivas que aludan a los sentimientos, las fantasías, en fin, a lo femenino. Se trata de establecer que un hombre lo es porque no es una mujer. Esta es una definición de la masculinidad en términos negativos.
Por otro, un estilo de confirmarse a sí mismo que se es hombre heterosexual sin duda consiste en gritar a voz en cuello: ¡me gustan las mujeres! Establecer estrechas relaciones sexuales y afectivas con las mujeres es una práctica para confirmar la masculinidad. En este caso se trata no de alejarse de las mujeres lo más que se pueda sino estar muy cerca, muy pegadito a ellas. Es común justificar las relaciones heterosexuales argumentando que los contrarios se atraen para unirse, y que al lograr la unión, se define con claridad el carácter tanto del hombre como de la mujer.
Y aquí se presenta un hecho, en mi opinión, notable y de consecuencias no muy halagüeñas para los hombres. Éstos, al buscar relacionarse afectiva y sexualmente con las mujeres, se introducen y, por decirlo así, se entregan voluntariamente a aquello de lo que se supone quieren mantenerse alejados: de la esfera de lo privado. Y allí adentro, en una relación con una mujer, ya por su desconocimiento de la lógica de los afectos, ya por su miedo a ser tragados por el remolino de las pasiones y las fantasías, los hombres a menudo reaccionan con miedo, confusión y suelen racionalizar y mantener un estado de alerta exacerbado (¿por qué los hombres son tan secos? se preguntan las mujeres). En el mejor de los casos. En el peor, la misoginia, la violencia o la firme creencia de que las mujeres manipulan y poseen una naturaleza “diabólica” (alguien se acuerda de la mujer fatal).
En lo público, entonces, lo privado se intenta suprimir y en lo privado lo público intenta controlar la relación. Esto es, los hombres tratan de mantener fuera del interés público cualquier indicio emocional. Y en cuanto a la relación sexual y afectiva, es menester tenerla bajo control (se trata de ‘no perder la cabeza’). Los hombres temen caer presos en el “remolino de las pasiones” el que amenaza con desbaratar toda cordura. Los hombres se sienten frágiles y vulnerables. Se pisa terreno resbaladizo y las caídas no se hacen esperar.



Los nombres del cuerpo
J.C.B.

Tal vez cuando Oscar Wilde habló del amor que no osa decir su nombre, en realidad se refería a esa costumbre de los gays de apenas decirnos los nuestros en los encuentros fugaces, de inventarlos o, de plano, de no interesarnos en ellos. Un cuerpo con un nombre es un enredo: es casi el compromiso de conocer a un individuo. Recuerdo una novela gay de los ochentas que se llamaba Numbers, porque en el frenesí sexual de aquellos años a los amantes ocasionales se les llamaba números, que no personas. Ser dueño de un cuerpo es algo oneroso e inestable. “Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen”, decía Salvador Novo para expresar esa ajenidad. La liberación, primero, y luego el sida, vinieron a poner las cosas dentro de otra dimensión. Quizá cuando los gays comenzaron a preguntarse acerca de sus derechos, se dieron a pensar que uno de los primeros era el derecho de amar. Puede sonar muy cursi o muy romántioco, pero no es tan fácil. Algo así como una angustia, un no saber qué hacer con uno mismo ni con el otro es lo que me encuentro a menudo cuando me voy de bares o cuando me adentro en ese cuarto oscuro de los chats. Todos andamos a la caza de un amor, pero todos ponemos barreras infranqueables para no ser localizados. Así, en el chat la mayoría detallan de entrada lo que no quieren: no gordos, no obvios, no locas, no nacos, no chaparros,no, no, no. Yo creo que sería mejor poner lo que sí se desea. Pero los gays, como todo el mundo, somos muy dificilitos.

¿Es un asunto solamente de la construcción de nuestra masculinidad? Mis amigas bugas se quejan amargamente porque no entienden a los hombres. Y los varones lo mismo: que las mujeres están bien locas (así, con las mismas palabras siempre, porque los hombres tenemos poca imaginación verbal). Pero en el caso de los gays pasa algo semejante: hombres que no entendemos a los otros hombres. Y lo que pasa, digo, es que el gran problema es el otro, la otra, aquel/aquella que ni siquiera podemos imaginar.

La presencia del otro, del inabarcable otro, es un reto y es un enigma. Que un hombre pueda entenderse con otro hombre o una mujer con otra mujer es tan improbable como que las mujeres y los hombres se entiendan entre sí, pero a esto hay que agregar el rechazo social, el silencio y la ausencia de imágenes positivas acerca de este tipo de amores. Además de la desastrosa educación sentimental de los varones mexicanos. Porque sucede que a los gays no nos dan una educación especial: nos educan para hombrecitos, como a los demás, para ser consentidos, muy dueños de nuestro pito y expertos absolutos en el pisa y corre. Por eso el sexo entre nosotros es fácil y sencillo, pero el amor tiene que vérselas primero con el enfrentamiento de dos egoísmos. Esa es la fragilidad del hombre gay, precisamente: su filiación neurótica a un orden heterosexista. Pero esa también es su posibilidad, porque la puesta en crisis de ese orden pasa por la conciencia crítica de un cuerpo distinto.

Friday, October 13, 2006

Todos somos migrantes

Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal el viernes 13 de octubre de 2006

Las secretas razones del viaje

V. A.

Desde agosto de este año, el Museo de la Ciudad ha sido el escenario para la exposición Todos somos migrantes. Yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó a mí, cuyo trabajo de curaduría fue realizado por el sociólogo francés Yvon Le Bot, Ishtar Cardona y Xóchitl Zepeda Blouin, y el resultado: una selección de 25 piezas, tomadas de una exposición anterior montada en el Parc de la Villette, en París.
A partir de su inauguración en el museo, recorrer cada una de las salas en que se observan creaciones de Toledo, Natividad Amador, Nicolás de Jesús Calixto Robles y David Bacon —migrantes también en algún momento—, ha significado, más allá de una relectura sobre el fenómeno de múltiple estudio que el cruce sin documentos despierta en cada frontera del mundo, la posibilidad de volver a toparse con las travesías de los migrantes, pero no desde la reiterada argumentación y efectos de la conmiseración bienpensante frente a la violencia, la agresión o la militarización de las fronteras.
Quizá esa sea una de sus mejores apuestas: la multiplicidad de experiencias visuales que evaden de cierta forma ese tópico y se concentran en la realidad de la migración con todo tipo de variantes y de dosis de inserción, absorción, asimilación, identificación y sus contrarios, donde el periplo de los mojados se descubre como el que se emprende no sólo por razones de violencia económica, política, social o cultural, es decir, por motivos materiales y objetivos, sino por secretas razones psicológicas, oscuros impulsos edípicos, amorosos, eróticos y tanáticos que llevarán al migrante —irremediablemente atraído hacia en canto de las sirenas made in U.S.A— a intentarlo si es necesario “100 veces”, en la creencia de que algún día “lo logrará”. Motivos que amplían las significaciones denotativas del trayecto migratorio, en las que el viaje adquiere un oculto valor iniciático, existencial o metafísico.
Pero en una línea paralela, esta exposición también despierta —en un impulso que después sería necesario desmenuzar con mayor atención— la sensación e idea de que el arte contemporáneo actual (pintura, video, instalación, arte-objeto) está marcado en general por la razón y el deseo migratorios, y se presenta —por una u otra vía— con este espectro instalado como la más visible e intensa traza de la experiencia vital, también contemporánea.
Al llegar a la última pieza de la exposición, las imágenes observadas no sólo aportan dilucidaciones del imaginario individual, sino también del imaginario colectivo. Ellas vuelven visible el dinamismo de la realidad que emigra; ponen de relieve las esperanzas obsesivas y las razones secretas que atraviesan y movilizan el periplo, sin obviar del todo la adversidad incesante y el peligro fatal que la travesía encierra. Si aún no la ha visitado, querido lector, sólo le quedan este sábado y domingo para hacerlo, no pierda la oportunidad.

Migrantes a través de un solo mundo
A.G.M.

Documentos migratorios, plegarias, recetas de cocina, cartas, recortes de periódico: pedazos de papel que sirven para demostrar la existencia de algún tipo de identidad, algo que perdura aquí y allá, entre los cruces y los desgarrones y a pesar de las fronteras. A veces son lo único que queda para marcar una silueta donde alguna vez hubo alguien. Porque las fronteras pueden ser rasgaduras de donde no se regresa.
Las cruzan sin problemas el dinero, un cargamento de pimientos morrones, las drogas ilegales, los bienes manufacturados, pero no la gente sin papeles que debe escalar muros, cruzar a pie los desiertos, sortear a la migra y a los Minutemen, sobrevivir a la sed.
El migrante emprende su travesía a través de La máquina del tiempo, del artista salvadoreño Carlos Cartagena. Quizá cree cruzar el río porque hay uno en la frontera entre México y los Estados Unidos. No sabe que esa corriente de agua marca el límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Y mucho después de su tránsito por la frontera, hasta los muertos se quedan con el dolor de haberla cruzado y procuran regresar a sus panes, a sus sandías, a sus velas, a sus ollas de barro, como los miles de difuntos que se arremolinan sobre una ofrenda en uno de los amates del pintor guerrerense Nicolás de Jesús.
(Es el mismo mundo, dicen los trabajadores agrícolas en las granjas de California: aquí y allá somos nosotros quienes trabajan y quienes festejan. We are America, y América es un continente grandísimo. Son dos mundos ajenos, sin vínculos, afirman los constructores de muros).
De manera literal puede afirmarse que todos somos migrantes. La migración es uno de los hechos fundamentales del mundo contemporáneo. Pero es un hecho ignorado deliberadamente por los gobiernos que lo originan con sus políticas macroecónomicas y sus tratados trasnacionales y luego criminalizan a esos mismos a quienes están explotando. La persecución y discriminación contra los migrantes se cuentan entre las heridas más dolorosas causadas por la doble moral que nos oprime. Esta exposición deja a un lado el dato sociológico, la estadística y la argumentación académica y en cambio recoge los gestos, las añoranzas, los miedos y las ilusiones que acompañan a esos millones de huellas a través de los mapas.
Recoge también su decisión de hacerse visibles y reclamar los derechos que les corresponden, su lugar en la construcción de la prosperidad. We are America es una de las consignas de las mega manifestaciones del primero de mayo de este año, cuando decenas de miles de personas de origen hispano, al lado de otras decenas de miles de ciudadanos norteamericanos asqueados por la hipocresía de su gobierno salieron a las calles decididos a mostrar esta realidad de todos los días. Los constructores de muros empeñan su fuerza en demostrar que no sirvió de nada. Los migrantes no descansan, no tienen tiempo. Siguen transformando los dos mundos, afirmando todos los días que son el mismo.