Elogio de la piratería
Publicado en el periódico mexicano El Universal el viernes 27 de octubre de 2006
La mercancía en la era de reproducción pirática
C. R. G.
El original no existe, se sabe. En una época que ha puesto en duda de manera sistemática no sólo el valor sino la existencia misma de lo auténtico es sólo natural (y utilizo esta palabra aquí con sumo cuidado) que las copias y sus auras, como dijera Walter Benjamin en uno de los ensayos más citados del siglo XX, ocupen un lugar especial y controvertido (y también especialmente controvertido) en las vidas cotidianas de los consumidores contemporáneos. Ya en 1936, cuando el torturado filósofo alemán publicó La obra de arte en la era de la reproducción mecánica, ambivalentemente denostaba y celebraba las capacidades tecnológicas de una época que, por una parte, aseguraban la reproducción de la obra de arte aunque, por otra, lo hacían a costa de la pérdida de su aura, su aquí y ahora que, según él, constituía su certificado de autenticidad (algo que definía como “la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración material hasta su testificación histórica”). ¿Qué decir unos 70 años después ya en plena era de la reproducción pirática? Si bien una mercancía no es un objeto artístico y sí, por el contrario, un objeto masivo resultado de la desarrollada capacidad tecnológica para producir en serie, todo parece indicar que las habilidades reproductivas, especialmente cuando éstas son tan masivas como las productivas, ocasionan efectos económicos y culturales que bien vale la pena revisar.
Basta pasearse por cualquier calle céntrica de cualquier ciudad del país para encontrarse con los emblemáticos vendedores ambulantes que dan cuenta del estatus de las mercancías en la era de la reproducción pirática. Veamos.
1) La mercancía pirata transforma el concepto de autenticidad en un asunto de fe. La calidad creciente de las réplicas hace realmente difícil distinguir entre el objeto original y el objeto no-original. Así, al ir comparando detalle por detalle y no encontrar diferencia alguna entre uno y otro, el consumidor no tiene otra alternativa más que recurrir a la creencia de que, como el objeto ha sido adquirido en un establecimiento autorizado, es decir, en un establecimiento que paga impuestos al estado, el objeto, luego entonces, es el objeto original. Esta relación entre el estado y el objeto, escandalosa de por sí, significaría poca cosa sin la mediación de la creencia. Y es ésta, no el objeto, la que nos hace exclamar, dependiendo del anhelo o del caso, que lo que tenemos entre manos es un objeto original.
2) La mercancía pirata democratiza el mercado. Transformando en realidad una promesa que todo régimen político hace pero ninguno cumple, los Ambulantes Vendedores participan en la democratización de ciertos objetos (películas, ropa, bolsas, zapatos, discos, entre tantos otros) al extraerlos de los canales de comercialización elitistas y ponerlos al alcance de un público masivo. De esta manera, independientemente de los ingresos económicos, las mayorías tienen acceso a los objetos de estatus social que alguna vez fueron el coto cerrado de los pocos.
3) La mercancía pirata obliga a enunciar lo obvio y, luego entonces, a denunciarlo. En un retuércano de probada perversión, la mercancía pirata devela la descarada búsqueda de estatus de los consumidores. La clase media no nace, se hace a través de las etiquetas de la ropa que se pone. Cuando el consumidor se ve obligado a anunciar que la mercancía en uso es la “original”, lo que el consumidor confiesa es que poco le importa el disfrute del objeto (por eso los defensores de lo “auténtico” no pueden ser verdaderos hedonistas) y mucho, en cambio, el status que el objeto le confiere. Lo original es el poder de decir “lo original”.
4) La mercancía pirata se sale con la suya. Paródica lo es, no cabe duda. Y también es irónica. La mercancía pirata coloca esa sonrisa socarrona en la cara de quien pagó menos de la mitad y aún menos por una etiqueta muy bien copiadita.
Elogio de la piratería
A.G.M.
Soy una neurótica de la puntualidad. Cada cita se convierte para mí en un imperativo categórico; llego diez minutos antes de la hora fijada; calculo las maneras de cruzar los embotellamientos, el número de semáforos. Pero desde hace algún tiempo noté que la vieja manía me causaba náuseas. Me sucedía cuando iba al cine.
¿Por qué?, me pregunté. Ser puntual es un signo de inadaptación a la cultura mexicana, pero a mi edad una aprende a amar esas imperfecciones de una misma, a encontrarlas encantadoras. Por eso puedo sonreírle a mis amigos, que jamás llegan temprano ni dejan de sentirse a sus anchas.
Por favor, insistí. Ser puntual puede ser irritante, pero no cuando voy a ver una película. Así me aseguro de encontrar un buen lugar, tener tiempo para entrar al baño, comprar las palomitas. Por lo menos así era hasta que por cada película empecé a hacer penitencia: cada vez tengo que aguantar los anuncios contra la piratería.
Las películas piratas se ven mal, regaña la voz en off. Mentira, pienso con toda mi pasión por la verdad. Las películas piratas se ven exactamente igual que las otras. Gracias a las películas piratas puedo ver filmes que jamás se exhiben en los cines porque las distribuidoras no las consideran buen negocio o porque serían un reto a la convicción de que los espectadores de esta ciudad somos estúpidos. Es más: tener buen gusto cinematográfico la convierte a una en beneficiaria agradecida de esos audaces empresarios que ponen a nuestro alcance una selección más variada que las grandes cadenas comprometidas con el cine más comercial y obtuso.
Pero tú como papá te ves peor. Qué línea repugnante. ¿Por qué dice “como papá”, como si una mamá jamás les regalara una película a sus hijos? ¿Será para mantener en su lugar a esas locas que por trabajar ocho horas y tener poder adquisitivo se creen iguales? Tanto papás como mamás, por más que trabajen, agradecen el sensato ahorro que pone a nuestro alcance la piratería. Pero, ¿acaso la piratería se especializa en películas para niños? ¿O más bien el argumento es tan insostenible que no funcionaría si se dirigiera a nosotros sin chantajearnos? A ver, intentémoslo: Sé leal a las grandes trasnacionales: es chic comprar un producto cinco veces más caro. No suena muy convincente. Sólo cuando te arrancan un ojo de la cara puedes estar seguro de la calidad de un producto, de otra manera tu idiotez es insalvable. Menos. Enséñale a tus hijos que siembras el dinero en macetas y puedes tirarlo a manos llenas. Hummm. ¿De veras tener hijos produce tal parálisis que ni los papás ni las mamás pueden decirles a los niños, por ejemplo, no es lo mismo copiar en un examen que comprar más barato, traerte más películas y apoyar a los empresarios locales? ¿O bien recurrir al tesoro de la lengua española y sacar a relucir alguna perla tradicional, como una de cal por las que van de arena?
En este punto me doy cuenta del gran número de espectadores que aprovechan el nauseabundo mensaje para ir al baño, comprar las palomitas, saludar a sus cuates y compensar su falta de puntualidad gracias a esta cubetada de moralina. No hay de qué preocuparse: la piratería crece sana y robusta en torno nuestro. Tanto las leyes del mercado como ese gran sector del país que sobrevive gracias a la economía informal están a salvo, y el resto de nosotros también. Y por primera vez en mi vida atisbo la felicidad de vivir como mis congéneres, llegando quince minutos tarde.
La mercancía en la era de reproducción pirática
C. R. G.
El original no existe, se sabe. En una época que ha puesto en duda de manera sistemática no sólo el valor sino la existencia misma de lo auténtico es sólo natural (y utilizo esta palabra aquí con sumo cuidado) que las copias y sus auras, como dijera Walter Benjamin en uno de los ensayos más citados del siglo XX, ocupen un lugar especial y controvertido (y también especialmente controvertido) en las vidas cotidianas de los consumidores contemporáneos. Ya en 1936, cuando el torturado filósofo alemán publicó La obra de arte en la era de la reproducción mecánica, ambivalentemente denostaba y celebraba las capacidades tecnológicas de una época que, por una parte, aseguraban la reproducción de la obra de arte aunque, por otra, lo hacían a costa de la pérdida de su aura, su aquí y ahora que, según él, constituía su certificado de autenticidad (algo que definía como “la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración material hasta su testificación histórica”). ¿Qué decir unos 70 años después ya en plena era de la reproducción pirática? Si bien una mercancía no es un objeto artístico y sí, por el contrario, un objeto masivo resultado de la desarrollada capacidad tecnológica para producir en serie, todo parece indicar que las habilidades reproductivas, especialmente cuando éstas son tan masivas como las productivas, ocasionan efectos económicos y culturales que bien vale la pena revisar.
Basta pasearse por cualquier calle céntrica de cualquier ciudad del país para encontrarse con los emblemáticos vendedores ambulantes que dan cuenta del estatus de las mercancías en la era de la reproducción pirática. Veamos.
1) La mercancía pirata transforma el concepto de autenticidad en un asunto de fe. La calidad creciente de las réplicas hace realmente difícil distinguir entre el objeto original y el objeto no-original. Así, al ir comparando detalle por detalle y no encontrar diferencia alguna entre uno y otro, el consumidor no tiene otra alternativa más que recurrir a la creencia de que, como el objeto ha sido adquirido en un establecimiento autorizado, es decir, en un establecimiento que paga impuestos al estado, el objeto, luego entonces, es el objeto original. Esta relación entre el estado y el objeto, escandalosa de por sí, significaría poca cosa sin la mediación de la creencia. Y es ésta, no el objeto, la que nos hace exclamar, dependiendo del anhelo o del caso, que lo que tenemos entre manos es un objeto original.
2) La mercancía pirata democratiza el mercado. Transformando en realidad una promesa que todo régimen político hace pero ninguno cumple, los Ambulantes Vendedores participan en la democratización de ciertos objetos (películas, ropa, bolsas, zapatos, discos, entre tantos otros) al extraerlos de los canales de comercialización elitistas y ponerlos al alcance de un público masivo. De esta manera, independientemente de los ingresos económicos, las mayorías tienen acceso a los objetos de estatus social que alguna vez fueron el coto cerrado de los pocos.
3) La mercancía pirata obliga a enunciar lo obvio y, luego entonces, a denunciarlo. En un retuércano de probada perversión, la mercancía pirata devela la descarada búsqueda de estatus de los consumidores. La clase media no nace, se hace a través de las etiquetas de la ropa que se pone. Cuando el consumidor se ve obligado a anunciar que la mercancía en uso es la “original”, lo que el consumidor confiesa es que poco le importa el disfrute del objeto (por eso los defensores de lo “auténtico” no pueden ser verdaderos hedonistas) y mucho, en cambio, el status que el objeto le confiere. Lo original es el poder de decir “lo original”.
4) La mercancía pirata se sale con la suya. Paródica lo es, no cabe duda. Y también es irónica. La mercancía pirata coloca esa sonrisa socarrona en la cara de quien pagó menos de la mitad y aún menos por una etiqueta muy bien copiadita.
Elogio de la piratería
A.G.M.
Soy una neurótica de la puntualidad. Cada cita se convierte para mí en un imperativo categórico; llego diez minutos antes de la hora fijada; calculo las maneras de cruzar los embotellamientos, el número de semáforos. Pero desde hace algún tiempo noté que la vieja manía me causaba náuseas. Me sucedía cuando iba al cine.
¿Por qué?, me pregunté. Ser puntual es un signo de inadaptación a la cultura mexicana, pero a mi edad una aprende a amar esas imperfecciones de una misma, a encontrarlas encantadoras. Por eso puedo sonreírle a mis amigos, que jamás llegan temprano ni dejan de sentirse a sus anchas.
Por favor, insistí. Ser puntual puede ser irritante, pero no cuando voy a ver una película. Así me aseguro de encontrar un buen lugar, tener tiempo para entrar al baño, comprar las palomitas. Por lo menos así era hasta que por cada película empecé a hacer penitencia: cada vez tengo que aguantar los anuncios contra la piratería.
Las películas piratas se ven mal, regaña la voz en off. Mentira, pienso con toda mi pasión por la verdad. Las películas piratas se ven exactamente igual que las otras. Gracias a las películas piratas puedo ver filmes que jamás se exhiben en los cines porque las distribuidoras no las consideran buen negocio o porque serían un reto a la convicción de que los espectadores de esta ciudad somos estúpidos. Es más: tener buen gusto cinematográfico la convierte a una en beneficiaria agradecida de esos audaces empresarios que ponen a nuestro alcance una selección más variada que las grandes cadenas comprometidas con el cine más comercial y obtuso.
Pero tú como papá te ves peor. Qué línea repugnante. ¿Por qué dice “como papá”, como si una mamá jamás les regalara una película a sus hijos? ¿Será para mantener en su lugar a esas locas que por trabajar ocho horas y tener poder adquisitivo se creen iguales? Tanto papás como mamás, por más que trabajen, agradecen el sensato ahorro que pone a nuestro alcance la piratería. Pero, ¿acaso la piratería se especializa en películas para niños? ¿O más bien el argumento es tan insostenible que no funcionaría si se dirigiera a nosotros sin chantajearnos? A ver, intentémoslo: Sé leal a las grandes trasnacionales: es chic comprar un producto cinco veces más caro. No suena muy convincente. Sólo cuando te arrancan un ojo de la cara puedes estar seguro de la calidad de un producto, de otra manera tu idiotez es insalvable. Menos. Enséñale a tus hijos que siembras el dinero en macetas y puedes tirarlo a manos llenas. Hummm. ¿De veras tener hijos produce tal parálisis que ni los papás ni las mamás pueden decirles a los niños, por ejemplo, no es lo mismo copiar en un examen que comprar más barato, traerte más películas y apoyar a los empresarios locales? ¿O bien recurrir al tesoro de la lengua española y sacar a relucir alguna perla tradicional, como una de cal por las que van de arena?
En este punto me doy cuenta del gran número de espectadores que aprovechan el nauseabundo mensaje para ir al baño, comprar las palomitas, saludar a sus cuates y compensar su falta de puntualidad gracias a esta cubetada de moralina. No hay de qué preocuparse: la piratería crece sana y robusta en torno nuestro. Tanto las leyes del mercado como ese gran sector del país que sobrevive gracias a la economía informal están a salvo, y el resto de nosotros también. Y por primera vez en mi vida atisbo la felicidad de vivir como mis congéneres, llegando quince minutos tarde.

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