Friday, October 13, 2006

Todos somos migrantes

Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal el viernes 13 de octubre de 2006

Las secretas razones del viaje

V. A.

Desde agosto de este año, el Museo de la Ciudad ha sido el escenario para la exposición Todos somos migrantes. Yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó a mí, cuyo trabajo de curaduría fue realizado por el sociólogo francés Yvon Le Bot, Ishtar Cardona y Xóchitl Zepeda Blouin, y el resultado: una selección de 25 piezas, tomadas de una exposición anterior montada en el Parc de la Villette, en París.
A partir de su inauguración en el museo, recorrer cada una de las salas en que se observan creaciones de Toledo, Natividad Amador, Nicolás de Jesús Calixto Robles y David Bacon —migrantes también en algún momento—, ha significado, más allá de una relectura sobre el fenómeno de múltiple estudio que el cruce sin documentos despierta en cada frontera del mundo, la posibilidad de volver a toparse con las travesías de los migrantes, pero no desde la reiterada argumentación y efectos de la conmiseración bienpensante frente a la violencia, la agresión o la militarización de las fronteras.
Quizá esa sea una de sus mejores apuestas: la multiplicidad de experiencias visuales que evaden de cierta forma ese tópico y se concentran en la realidad de la migración con todo tipo de variantes y de dosis de inserción, absorción, asimilación, identificación y sus contrarios, donde el periplo de los mojados se descubre como el que se emprende no sólo por razones de violencia económica, política, social o cultural, es decir, por motivos materiales y objetivos, sino por secretas razones psicológicas, oscuros impulsos edípicos, amorosos, eróticos y tanáticos que llevarán al migrante —irremediablemente atraído hacia en canto de las sirenas made in U.S.A— a intentarlo si es necesario “100 veces”, en la creencia de que algún día “lo logrará”. Motivos que amplían las significaciones denotativas del trayecto migratorio, en las que el viaje adquiere un oculto valor iniciático, existencial o metafísico.
Pero en una línea paralela, esta exposición también despierta —en un impulso que después sería necesario desmenuzar con mayor atención— la sensación e idea de que el arte contemporáneo actual (pintura, video, instalación, arte-objeto) está marcado en general por la razón y el deseo migratorios, y se presenta —por una u otra vía— con este espectro instalado como la más visible e intensa traza de la experiencia vital, también contemporánea.
Al llegar a la última pieza de la exposición, las imágenes observadas no sólo aportan dilucidaciones del imaginario individual, sino también del imaginario colectivo. Ellas vuelven visible el dinamismo de la realidad que emigra; ponen de relieve las esperanzas obsesivas y las razones secretas que atraviesan y movilizan el periplo, sin obviar del todo la adversidad incesante y el peligro fatal que la travesía encierra. Si aún no la ha visitado, querido lector, sólo le quedan este sábado y domingo para hacerlo, no pierda la oportunidad.

Migrantes a través de un solo mundo
A.G.M.

Documentos migratorios, plegarias, recetas de cocina, cartas, recortes de periódico: pedazos de papel que sirven para demostrar la existencia de algún tipo de identidad, algo que perdura aquí y allá, entre los cruces y los desgarrones y a pesar de las fronteras. A veces son lo único que queda para marcar una silueta donde alguna vez hubo alguien. Porque las fronteras pueden ser rasgaduras de donde no se regresa.
Las cruzan sin problemas el dinero, un cargamento de pimientos morrones, las drogas ilegales, los bienes manufacturados, pero no la gente sin papeles que debe escalar muros, cruzar a pie los desiertos, sortear a la migra y a los Minutemen, sobrevivir a la sed.
El migrante emprende su travesía a través de La máquina del tiempo, del artista salvadoreño Carlos Cartagena. Quizá cree cruzar el río porque hay uno en la frontera entre México y los Estados Unidos. No sabe que esa corriente de agua marca el límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Y mucho después de su tránsito por la frontera, hasta los muertos se quedan con el dolor de haberla cruzado y procuran regresar a sus panes, a sus sandías, a sus velas, a sus ollas de barro, como los miles de difuntos que se arremolinan sobre una ofrenda en uno de los amates del pintor guerrerense Nicolás de Jesús.
(Es el mismo mundo, dicen los trabajadores agrícolas en las granjas de California: aquí y allá somos nosotros quienes trabajan y quienes festejan. We are America, y América es un continente grandísimo. Son dos mundos ajenos, sin vínculos, afirman los constructores de muros).
De manera literal puede afirmarse que todos somos migrantes. La migración es uno de los hechos fundamentales del mundo contemporáneo. Pero es un hecho ignorado deliberadamente por los gobiernos que lo originan con sus políticas macroecónomicas y sus tratados trasnacionales y luego criminalizan a esos mismos a quienes están explotando. La persecución y discriminación contra los migrantes se cuentan entre las heridas más dolorosas causadas por la doble moral que nos oprime. Esta exposición deja a un lado el dato sociológico, la estadística y la argumentación académica y en cambio recoge los gestos, las añoranzas, los miedos y las ilusiones que acompañan a esos millones de huellas a través de los mapas.
Recoge también su decisión de hacerse visibles y reclamar los derechos que les corresponden, su lugar en la construcción de la prosperidad. We are America es una de las consignas de las mega manifestaciones del primero de mayo de este año, cuando decenas de miles de personas de origen hispano, al lado de otras decenas de miles de ciudadanos norteamericanos asqueados por la hipocresía de su gobierno salieron a las calles decididos a mostrar esta realidad de todos los días. Los constructores de muros empeñan su fuerza en demostrar que no sirvió de nada. Los migrantes no descansan, no tienen tiempo. Siguen transformando los dos mundos, afirmando todos los días que son el mismo.

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