En la era del celular
Desde el inicio de noviembre, el colectivo La Primera Dama está formado por Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos, Saúl Gutiérrez y Cristina Rivera Garza.
Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal el viernes 10 de noviembre de 2006
El celular facilita la circulación de las malas noticias
C.R.G.
Los objetos despiertan, sin duda, pasiones desmedidas. Eso pensé al encontrar una hoja mecanografiada en papel revolución sobre una pared citadina. Entre figuras agigantadas de graffiti y propaganda de una revista de, como se dice, actualidad, la hoja susodicha llamó mi atención por sus dimensiones, tan pequeñas, y por su obcecada hechura: tipografía mecánica y reproducción manual. Se trataba, a todas luces, de un manifiesto: un texto público redactado con la fiebre de la convicción y los recursos atávicos de un ludita de inicios del siglo XXI. El título: LOS CELULARES ACABARÁN CON TU VIDA.Lo había oído ya en muchas ocasiones (y en otras tantas lo había creído) (y en aún más lo había dicho yo misma) pero esta hoja tan nimia y tan procaz al mismo tiempo terminó por obligarme a hacer lo que estaba haciendo: leyéndola con atención, línea a línea.
Existe, decía el punto primero del manifiesto, algo que se llama Exceso de Contacto (así, con mayúsculas). Al facilitar el acceso a tu mundo cercano (el manifiesto insistía en hablarme de tú y eso, no sé por qué, me parecía ejemplo del mentado exceso) estás permitiendo que entren en tu esfera más íntima una cantidad indescifrable y, eventualmente, incontrolable de vibras y karmas que terminarán afectándote de maneras definitivas. Por ejemplo: ese número sólo en apariencia equivocado es, en realidad, un caballo de Troya que ayudará a derribar las paredes de esa ciudad interna a la que es fácil denominar El Yo.El punto número dos era menos poético: “En la era de la información y su incesante ruido, el ser humano precisa de silencio. Necesitas escucharte a ti mismo”. Revisé las muchas tardes que había pasado escuchándome a mí misma y pensé que, de haberlo hecho, el ludita anti-celularítico se lo habría pensado dos veces antes de llamar a eso silencio. Por un momento pensé que era un aliado no muy secreto de la paranoia urbana que, con sus mítines incesantes en los paneles de la cabeza, constituye la forma más ecuménica, y desesperanzada, del ruido.
En el tercer punto le di la razón: “El celular facilita la circulación de las malas noticias”. En efecto, si ya no se tardaban en llegar en un mundo sin tecnología, podía ver, y había comprobado ya en algunas ocasiones, que las malas noticias constituían uno de los grupos más beneficiados por el exceso de contacto al que nos sometían tantos caballos de Troya de la era celular. ¿Y necesita uno, de verdad, una mala noticia?El quinto y sexto punto eran, a decir verdad, uno solo: el celular era un ataque contra el cuerpo, el cuerpo y su presencia, el cuerpo y su lentitud, el cuerpo y sus gestos. Ese pequeño aparato con lucecitas de colores y ruiditos psicodélicos no era más que el abracadabra con el que la sociedad actual había logrado por fin deshacerse de los cuerpos. Es cierto, admitía, que muchas veces se utilizan estos teléfonos para hacer citas y, luego entonces, juntar cuerpos, pero la mayoría de las veces, también decía esto, las citas sólo son pretextos para que otros nos vean hablando por teléfono con los que, debido a que tienen cuerpo, no están ahí.
En esos momentos pasaban por la calle dos muchachos aparentemente juntos, pero cada uno con su celular pegado a la oreja derecha y, vaya, no pude evitar un súbito ataque de melancolía. Recordé que ahí, dentro de mi bolsa, estaba ese pequeño objeto que me conectaba innecesariamente con otros, sobre todo con esos otros que me buscaban para darme cantidades irrisorias de trabajo, que me llenaba de ruido y de paranoia y de malas noticias mientras la ciudad interna ésa a la que insisto en llamar mi yo se convertía en la mismísima Mujer Invisible frente a los hombres o mujeres que sostenían entretenidas conversaciones con sus fantasmas favoritos. Saqué, pues, en plena actitud de derrota, un plumón rojo de mi bolso (que es una verdadera cueva de las mil maravillas) y subrayé todos y cada uno de los puntos del Manifiesto Ludita. Luego, como es claro, no pude evitar tomar mi celular y contarle mi dramática experiencia al fantasma de Troya que se desvanecía del otro lado de la línea.
En la era del “celuloide”
V. A.
Recuerdo aquella vieja canción que interpretaban Los Tigres del Norte y que poseía un estribillo, suficientemente peculiar en hablando de canciones norteñas, como para que la memoria no lo olvidara: “con mi celular en la mano, parezco ciudadano de la capital”. Eso es todo lo que recuerdo de la canción, pero en la era moderna, algo de profético parece haber tenido ese verso que no hablaba de amor, desamor o narcotráfico.
Conjeturo que en la época cuando apareció aquella canción, el celular apenas se despedía de su enigmático pasado como objeto digno de la ciencia ficción, de aparecer en las manos de James Bond o en versión reloj, sujetado a la muñeca del Santo Enmascarado de Plata, en alguna de sus películas “futuristas”; pero que el hecho de estarse transformando en un objeto cotidiano, todavía no le restaba el poder de clasificar seres humanos; poder que en la época actual no pierde aún.
En algunos cafés me he topado con mesas a las cuales está un grupo de hombres trajeados, y como una réplica exacta de aquella batalla obsesiva que sostenía el protagonista de American Psycho con algunos compañeros de oficina, los hombres conversan no sobre sus tarjetas de presentación, sino sobre el modelo y aplicaciones del celular que llevan consigo en ese momento; entre la plática, dejan muy claro que quien tiene el mejor es, en efecto, “ciudadano de la capital”, y el resto, no se sabe exactamente a qué clase de ciudadano pertenece.
En la relación actual entre hombre y celular, ya no basta con que el objeto sea un teléfono móvil: los reales “ciudadanos” parecen ser aquellos que han llegado a la meta de modelos como el BlackBerry, luego entonces, que los “ciudadanos de la capital” son esos trabajadores compulsivos, conectados permanentemente a la oficina y los negocios, porque el citado modelo es, ni más ni menos, una versión compacta y encapsulada de su oficina “para llevar”.
Pero no todo es la productividad, el celular es también un otorgante, no sólo de la jerarquía ciudadana, sino un reflejo de identidad, casi inequívoco, que se evidencia menos notorio en los hombres trajeados, pero que exprimen a cual más los ciudadanos más jóvenes: con cámaras fotográficas integradas, versiones de iPod y opciones en línea para singularizar el modelo producido en masa, el celular se transforma en un depositario directo de gustos y aficiones, una suerte de identificación personal. Con sólo escucharlos sonar es posible saber ciertas preferencias del dueño, y si convivimos con él —ahora que existen los distintos tonos para identificar llamadas—, cuáles de éstas pueden alegrarle el día (por lo regular aquellas que se identifiquen con tonos jubilosos) y cuáles se lo ennegrecen (recuerdo uno que sonaba con el tema de la cinta El exorcista).
Ignoro cuáles habrán sido las razones de Los Tigres del Norte para haber compuesto y cantado semejante melodía, pero en la era actual del “celuloide”, como algunos le llaman cariñosamente, no puede quedar duda de su tino profético en relación al poder jerarquizante del celular, máxime cuando se sabe que, mientras los “ciudadanos de la capital” llevan a cuestas los modelos más sofisticados, en México, como en muchos otros países en desarrollo, aún continúa existiendo un gran número de personas que nunca en su vida han hecho una simple llamada telefónica.
Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal el viernes 10 de noviembre de 2006
El celular facilita la circulación de las malas noticias
C.R.G.
Los objetos despiertan, sin duda, pasiones desmedidas. Eso pensé al encontrar una hoja mecanografiada en papel revolución sobre una pared citadina. Entre figuras agigantadas de graffiti y propaganda de una revista de, como se dice, actualidad, la hoja susodicha llamó mi atención por sus dimensiones, tan pequeñas, y por su obcecada hechura: tipografía mecánica y reproducción manual. Se trataba, a todas luces, de un manifiesto: un texto público redactado con la fiebre de la convicción y los recursos atávicos de un ludita de inicios del siglo XXI. El título: LOS CELULARES ACABARÁN CON TU VIDA.Lo había oído ya en muchas ocasiones (y en otras tantas lo había creído) (y en aún más lo había dicho yo misma) pero esta hoja tan nimia y tan procaz al mismo tiempo terminó por obligarme a hacer lo que estaba haciendo: leyéndola con atención, línea a línea.
Existe, decía el punto primero del manifiesto, algo que se llama Exceso de Contacto (así, con mayúsculas). Al facilitar el acceso a tu mundo cercano (el manifiesto insistía en hablarme de tú y eso, no sé por qué, me parecía ejemplo del mentado exceso) estás permitiendo que entren en tu esfera más íntima una cantidad indescifrable y, eventualmente, incontrolable de vibras y karmas que terminarán afectándote de maneras definitivas. Por ejemplo: ese número sólo en apariencia equivocado es, en realidad, un caballo de Troya que ayudará a derribar las paredes de esa ciudad interna a la que es fácil denominar El Yo.El punto número dos era menos poético: “En la era de la información y su incesante ruido, el ser humano precisa de silencio. Necesitas escucharte a ti mismo”. Revisé las muchas tardes que había pasado escuchándome a mí misma y pensé que, de haberlo hecho, el ludita anti-celularítico se lo habría pensado dos veces antes de llamar a eso silencio. Por un momento pensé que era un aliado no muy secreto de la paranoia urbana que, con sus mítines incesantes en los paneles de la cabeza, constituye la forma más ecuménica, y desesperanzada, del ruido.
En el tercer punto le di la razón: “El celular facilita la circulación de las malas noticias”. En efecto, si ya no se tardaban en llegar en un mundo sin tecnología, podía ver, y había comprobado ya en algunas ocasiones, que las malas noticias constituían uno de los grupos más beneficiados por el exceso de contacto al que nos sometían tantos caballos de Troya de la era celular. ¿Y necesita uno, de verdad, una mala noticia?El quinto y sexto punto eran, a decir verdad, uno solo: el celular era un ataque contra el cuerpo, el cuerpo y su presencia, el cuerpo y su lentitud, el cuerpo y sus gestos. Ese pequeño aparato con lucecitas de colores y ruiditos psicodélicos no era más que el abracadabra con el que la sociedad actual había logrado por fin deshacerse de los cuerpos. Es cierto, admitía, que muchas veces se utilizan estos teléfonos para hacer citas y, luego entonces, juntar cuerpos, pero la mayoría de las veces, también decía esto, las citas sólo son pretextos para que otros nos vean hablando por teléfono con los que, debido a que tienen cuerpo, no están ahí.
En esos momentos pasaban por la calle dos muchachos aparentemente juntos, pero cada uno con su celular pegado a la oreja derecha y, vaya, no pude evitar un súbito ataque de melancolía. Recordé que ahí, dentro de mi bolsa, estaba ese pequeño objeto que me conectaba innecesariamente con otros, sobre todo con esos otros que me buscaban para darme cantidades irrisorias de trabajo, que me llenaba de ruido y de paranoia y de malas noticias mientras la ciudad interna ésa a la que insisto en llamar mi yo se convertía en la mismísima Mujer Invisible frente a los hombres o mujeres que sostenían entretenidas conversaciones con sus fantasmas favoritos. Saqué, pues, en plena actitud de derrota, un plumón rojo de mi bolso (que es una verdadera cueva de las mil maravillas) y subrayé todos y cada uno de los puntos del Manifiesto Ludita. Luego, como es claro, no pude evitar tomar mi celular y contarle mi dramática experiencia al fantasma de Troya que se desvanecía del otro lado de la línea.
En la era del “celuloide”
V. A.
Recuerdo aquella vieja canción que interpretaban Los Tigres del Norte y que poseía un estribillo, suficientemente peculiar en hablando de canciones norteñas, como para que la memoria no lo olvidara: “con mi celular en la mano, parezco ciudadano de la capital”. Eso es todo lo que recuerdo de la canción, pero en la era moderna, algo de profético parece haber tenido ese verso que no hablaba de amor, desamor o narcotráfico.
Conjeturo que en la época cuando apareció aquella canción, el celular apenas se despedía de su enigmático pasado como objeto digno de la ciencia ficción, de aparecer en las manos de James Bond o en versión reloj, sujetado a la muñeca del Santo Enmascarado de Plata, en alguna de sus películas “futuristas”; pero que el hecho de estarse transformando en un objeto cotidiano, todavía no le restaba el poder de clasificar seres humanos; poder que en la época actual no pierde aún.
En algunos cafés me he topado con mesas a las cuales está un grupo de hombres trajeados, y como una réplica exacta de aquella batalla obsesiva que sostenía el protagonista de American Psycho con algunos compañeros de oficina, los hombres conversan no sobre sus tarjetas de presentación, sino sobre el modelo y aplicaciones del celular que llevan consigo en ese momento; entre la plática, dejan muy claro que quien tiene el mejor es, en efecto, “ciudadano de la capital”, y el resto, no se sabe exactamente a qué clase de ciudadano pertenece.
En la relación actual entre hombre y celular, ya no basta con que el objeto sea un teléfono móvil: los reales “ciudadanos” parecen ser aquellos que han llegado a la meta de modelos como el BlackBerry, luego entonces, que los “ciudadanos de la capital” son esos trabajadores compulsivos, conectados permanentemente a la oficina y los negocios, porque el citado modelo es, ni más ni menos, una versión compacta y encapsulada de su oficina “para llevar”.
Pero no todo es la productividad, el celular es también un otorgante, no sólo de la jerarquía ciudadana, sino un reflejo de identidad, casi inequívoco, que se evidencia menos notorio en los hombres trajeados, pero que exprimen a cual más los ciudadanos más jóvenes: con cámaras fotográficas integradas, versiones de iPod y opciones en línea para singularizar el modelo producido en masa, el celular se transforma en un depositario directo de gustos y aficiones, una suerte de identificación personal. Con sólo escucharlos sonar es posible saber ciertas preferencias del dueño, y si convivimos con él —ahora que existen los distintos tonos para identificar llamadas—, cuáles de éstas pueden alegrarle el día (por lo regular aquellas que se identifiquen con tonos jubilosos) y cuáles se lo ennegrecen (recuerdo uno que sonaba con el tema de la cinta El exorcista).
Ignoro cuáles habrán sido las razones de Los Tigres del Norte para haber compuesto y cantado semejante melodía, pero en la era actual del “celuloide”, como algunos le llaman cariñosamente, no puede quedar duda de su tino profético en relación al poder jerarquizante del celular, máxime cuando se sabe que, mientras los “ciudadanos de la capital” llevan a cuestas los modelos más sofisticados, en México, como en muchos otros países en desarrollo, aún continúa existiendo un gran número de personas que nunca en su vida han hecho una simple llamada telefónica.

1 Comments:
Hola, he seguido sus textos y me gustan mucho... la idea me parece muy padre, pues siempre es importante tener diferentes visiones de las cosas, hace más enriquecedora la realidad.
Ojalá pudiera ponerme en contacto con ustedes, soy de Coahuila y estamos iniciando un proyecto editorial, quizá pueda interesarles... Mi correo es cyn_m20@hotmail.com
¡Muchos saludos y felicitaciones!
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