La panza y la devoradora de cadáveres
Es varón y se llamará Miguel
V. A.
En días recientes, me topé con una revista —de título saludador— dispuesta como eficaz modo de entretenimiento en una sala de espera. Me puse a hojearla sin mayores expectativas, hasta que me topé con una serie de fotografías y una panza donde crece el futuro heredero, mostrada con inusual sensualidad. Como retando aquel tiempo en que el embarazo suponía un retorno al aura virginal perdida tras el matrimonio y las mujeres salían ataviadas con modelitos francamente “embarazosos”, la panza que vi durante la espera lo hacía desde la transparencia, desde la voluptuosidad y el brillo en la piel, reclinada en pose incitadora sobre un acolchonado sofá.
Sin embargo, la inicial vuelta de tuerca en las poses y el modo de exhibición del vientre sietemesino resultó ilusorio. A lo largo del discurso y acciones que rodean el futuro nacimiento del hijo —orgullosamente varón— procreado por el sol y la cantante, quedaba de manifiesto que los nacimientos de la realeza o las ilusiones animadas de Disney en cada uno de sus esplendentes alumbramientos cinematográficos, son ampliamente superados por el mundo del espectáculo. Baste mostrar un par de botones en frases como: "Este bebé llega en un momento mágico”, “Todos querrán verlo”, “Su padre estará conmigo el día del parto” o “Nacerá en otro lugar, pero será un ciudadano del mundo”.
En ese momento dejé la revista para que sirviera de entretenimiento a alguien más, pensando que, mientras la maternidad como institución está en un proceso desmitificador de redefinición, hay algunos que de manera pública y aferrados al “cuento de hadas”, tornan sin recato alguno a la añeja exaltación que desde hace siglos oímos propinar al estado de embarazo y las mujeres en ese estado, incluso, desde su propia voz, como: la “máxima realización de su persona”, más allá del impulso instintivo, un deber, la maldición bíblica insuperable o un consuelo a las muchas humillaciones.
En contraposición, recordé aquella novela escrita por Maya Rasker, la autora neerlandesa de Con destino desconocido (Premio Gouden Ezelsoor 2001, publicado por Siruela) y sus múltiples tesis sobre la maternidad y la pérdida de individualidad, la píldora anticonceptiva como actor principal dentro del proceso de redefinición, esa “dolencia crónica”, como su protagonista concibe lo que para otros es la realización, o la aún persistente exclusión masculina del tema gracias a la carencia de un vínculo físico más prolongado. Esa maternidad abordada como un concepto social que varía según los tiempos, por lo que valores como "el amor materno" no son naturales sino imposiciones culturales, sociales, religiosas e incluso económicas. Planteamientos, claro, lejanos de la panza exhibida como una falsa voluptuosidad que, peor tantito, servirá de modelo convencional e inspirador a otras mujeres, de menos al par que observé tomar la revista en aquel consultorio ginecológico y luego hacer comentarios entusiasmados sobre la célebre panza del mundo de la farándula.
La devoradora de cadáveres
A.G.M.
Mientras Araceli Arámbula exhibe la panza que por fin la ha llevado a la fama, demostrándole cuán vanos son otros esfuerzos en comparación con la plenitud biológica, otras imágenes rondan en torno al viejo concepto de lo femenino, como si su creciente obsolencia requiriera reiteraciones histéricas pero también puntualizaciones y vuelcos irónicos. Porque mientras la cantante pregona el orgullo de ser mamá de un varón que llevará el nombre del padre, el predio de las Ajaracas, donde estuvo la base del Templo Mayor de Tenochtitlan, acaba de vomitar una imagen identificada como Tlaltecuhtli, deidad que es a la vez Señor y Señora de la Tierra. Las referencias sobre él/ella saltan de un género a otro, y parecería que la necesidad de adjudicarle uno correspondiente a los conocidos por nosotros es manía del idioma español o de nuestras imaginaciones pobremente binarias.
Aunque Tlaltecuhtli tenga un aspecto masculino y otro femenino, al parecer el monolito de la Casa de las Ajaracas la capta en un momento que tira a lo femenino, en posición de parir. Pero cualquier semejanza con la cantante embarazada tiende a distraernos, porque se dice que Tlaltecuhtli era una insaciable devoradora cadáveres, especialmente de los cuerpos de los sacrificados. Tlaltecuhtli también engullía al Sol en cada atardecer, y se cree que esta imagen es la lápida del tlatoani Ahuízotl, un sol recién deglutido que daría lugar a otro amanecer. Quizá tales ideas sobre la vida y la muerte sufren el mismo calambre que las filtra a través de conceptos posibles en el idioma de los conquistadores; quizá fueron tan mutables como la feminidad y la masculinidad de Tlaltecuhtli, que nos saca la lengua –como si la pariera- con la elocuencia de lo indescifrable.
En hipotética sintonía, Adelaido Micha, Tereso Bermea, Freddy Kahlo, Margarito Gralia, Dionisio Bracho, Mario Félix y Julio Venegas se preguntan si será cierto que se necesita ser hombre para ser alguien. Corbata, traje de casimir, relojote y puro abiertamente fálico dan a estos personajes la oportunidad de ensayar aproximaciones a lo femenino y a lo masculino, mientras sonríen confiando en ser gente muy reconocible, se vistan como se vistan y se llamen como se llamen. Adelaido Micha y Margarito Gralia acentúan una feminidad autoritaria; Mario Félix perfecciona su pose bronca, Julio Venegas nos confía con inmensa discreción su andrógino parecido con Xavier Villaurrutia. Si las fronteras entre los géneros se desdibujan, sugiere esta campaña del Instituto Nacional de las Mujeres, el modelo de quien “es alguien” y detenta el poder permanece idéntico de una imagen a otra, y tiene que ver con unos pocos iconos de masculinidad tradicional, con cierta elegancia afín al ámbito empresarial, con la capacidad de desempeñarse como indudablemente criollo, citadino y autoritario. Lo masculino y lo femenino se van convirtiendo en una mascarada, mientras los recursos para “ser alguien” se definen estrictamente como acceso al dinero, a la fama, al triunfo, a distintas formas de eficacia y talento cuya relación, tanto con las hormonas como con la democratización y la diversidad, se hace más y más enigmática y más dudosa.
V. A.
En días recientes, me topé con una revista —de título saludador— dispuesta como eficaz modo de entretenimiento en una sala de espera. Me puse a hojearla sin mayores expectativas, hasta que me topé con una serie de fotografías y una panza donde crece el futuro heredero, mostrada con inusual sensualidad. Como retando aquel tiempo en que el embarazo suponía un retorno al aura virginal perdida tras el matrimonio y las mujeres salían ataviadas con modelitos francamente “embarazosos”, la panza que vi durante la espera lo hacía desde la transparencia, desde la voluptuosidad y el brillo en la piel, reclinada en pose incitadora sobre un acolchonado sofá.
Sin embargo, la inicial vuelta de tuerca en las poses y el modo de exhibición del vientre sietemesino resultó ilusorio. A lo largo del discurso y acciones que rodean el futuro nacimiento del hijo —orgullosamente varón— procreado por el sol y la cantante, quedaba de manifiesto que los nacimientos de la realeza o las ilusiones animadas de Disney en cada uno de sus esplendentes alumbramientos cinematográficos, son ampliamente superados por el mundo del espectáculo. Baste mostrar un par de botones en frases como: "Este bebé llega en un momento mágico”, “Todos querrán verlo”, “Su padre estará conmigo el día del parto” o “Nacerá en otro lugar, pero será un ciudadano del mundo”.
En ese momento dejé la revista para que sirviera de entretenimiento a alguien más, pensando que, mientras la maternidad como institución está en un proceso desmitificador de redefinición, hay algunos que de manera pública y aferrados al “cuento de hadas”, tornan sin recato alguno a la añeja exaltación que desde hace siglos oímos propinar al estado de embarazo y las mujeres en ese estado, incluso, desde su propia voz, como: la “máxima realización de su persona”, más allá del impulso instintivo, un deber, la maldición bíblica insuperable o un consuelo a las muchas humillaciones.
En contraposición, recordé aquella novela escrita por Maya Rasker, la autora neerlandesa de Con destino desconocido (Premio Gouden Ezelsoor 2001, publicado por Siruela) y sus múltiples tesis sobre la maternidad y la pérdida de individualidad, la píldora anticonceptiva como actor principal dentro del proceso de redefinición, esa “dolencia crónica”, como su protagonista concibe lo que para otros es la realización, o la aún persistente exclusión masculina del tema gracias a la carencia de un vínculo físico más prolongado. Esa maternidad abordada como un concepto social que varía según los tiempos, por lo que valores como "el amor materno" no son naturales sino imposiciones culturales, sociales, religiosas e incluso económicas. Planteamientos, claro, lejanos de la panza exhibida como una falsa voluptuosidad que, peor tantito, servirá de modelo convencional e inspirador a otras mujeres, de menos al par que observé tomar la revista en aquel consultorio ginecológico y luego hacer comentarios entusiasmados sobre la célebre panza del mundo de la farándula.
La devoradora de cadáveres
A.G.M.
Mientras Araceli Arámbula exhibe la panza que por fin la ha llevado a la fama, demostrándole cuán vanos son otros esfuerzos en comparación con la plenitud biológica, otras imágenes rondan en torno al viejo concepto de lo femenino, como si su creciente obsolencia requiriera reiteraciones histéricas pero también puntualizaciones y vuelcos irónicos. Porque mientras la cantante pregona el orgullo de ser mamá de un varón que llevará el nombre del padre, el predio de las Ajaracas, donde estuvo la base del Templo Mayor de Tenochtitlan, acaba de vomitar una imagen identificada como Tlaltecuhtli, deidad que es a la vez Señor y Señora de la Tierra. Las referencias sobre él/ella saltan de un género a otro, y parecería que la necesidad de adjudicarle uno correspondiente a los conocidos por nosotros es manía del idioma español o de nuestras imaginaciones pobremente binarias.
Aunque Tlaltecuhtli tenga un aspecto masculino y otro femenino, al parecer el monolito de la Casa de las Ajaracas la capta en un momento que tira a lo femenino, en posición de parir. Pero cualquier semejanza con la cantante embarazada tiende a distraernos, porque se dice que Tlaltecuhtli era una insaciable devoradora cadáveres, especialmente de los cuerpos de los sacrificados. Tlaltecuhtli también engullía al Sol en cada atardecer, y se cree que esta imagen es la lápida del tlatoani Ahuízotl, un sol recién deglutido que daría lugar a otro amanecer. Quizá tales ideas sobre la vida y la muerte sufren el mismo calambre que las filtra a través de conceptos posibles en el idioma de los conquistadores; quizá fueron tan mutables como la feminidad y la masculinidad de Tlaltecuhtli, que nos saca la lengua –como si la pariera- con la elocuencia de lo indescifrable.
En hipotética sintonía, Adelaido Micha, Tereso Bermea, Freddy Kahlo, Margarito Gralia, Dionisio Bracho, Mario Félix y Julio Venegas se preguntan si será cierto que se necesita ser hombre para ser alguien. Corbata, traje de casimir, relojote y puro abiertamente fálico dan a estos personajes la oportunidad de ensayar aproximaciones a lo femenino y a lo masculino, mientras sonríen confiando en ser gente muy reconocible, se vistan como se vistan y se llamen como se llamen. Adelaido Micha y Margarito Gralia acentúan una feminidad autoritaria; Mario Félix perfecciona su pose bronca, Julio Venegas nos confía con inmensa discreción su andrógino parecido con Xavier Villaurrutia. Si las fronteras entre los géneros se desdibujan, sugiere esta campaña del Instituto Nacional de las Mujeres, el modelo de quien “es alguien” y detenta el poder permanece idéntico de una imagen a otra, y tiene que ver con unos pocos iconos de masculinidad tradicional, con cierta elegancia afín al ámbito empresarial, con la capacidad de desempeñarse como indudablemente criollo, citadino y autoritario. Lo masculino y lo femenino se van convirtiendo en una mascarada, mientras los recursos para “ser alguien” se definen estrictamente como acceso al dinero, a la fama, al triunfo, a distintas formas de eficacia y talento cuya relación, tanto con las hormonas como con la democratización y la diversidad, se hace más y más enigmática y más dudosa.

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