Burgueses, mafiosos y policías
Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Unviersal el viernes 15 de diciembre de 2006.
El Ángel Exterminador
J.C.B.
Dicen que Dante Gabriel Rosetti , luego de leer Cumbres borrascosas, le escribió a un amigo: “La acción transcurre en el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres ingleses”. Es sabido que Buñuel se arrepintió en algún momento de haber filmado en México El ángel exterminador, una de sus mejores películas, una de las más radicales y extrañas. La imaginaba en Londres o en París, con actores y escenarios que encarnaran una alta aristocracia arquetípica. Buscó actores que no tuvieran una apariencia claramente mexicana. Pero no lo consiguió, o lo consiguió a medias. México está ahí, saliéndosele de las costuras, como sus manos de cadáveres saliéndose de los roperos. La acción pudo haberla imaginado en Londres, pero el asunto parece espantosamente mexicano.
Ya, ya, claro está: la fuerza de los clásicos es su vivísima actualidad, se ha dicho, y cada quien acomoda el que le apetece a su propio gusto o pesadilla. El caso es que he vuelto a ver El ángel exterminador y la lectura que me ha permitido esta vez me puso los pelos de punta. En ella, una pareja de la alta burguesía se dispone a realizar una cena de gran postín. Pero algo sucede, una fuerza que lo arruinará todo, e incluso antes de que los invitados lleguen, los sirvientes, empujados por una intuición irrefrenable, abandonan la casa. La celebración avanza entre paradojas y sarcasmos: un humor negro, absurdo, la recorre. Digo avanza, pero no: va hacia el encierro, hacia la asfixia. Por algún motivo que nunca sabremos, los convidados no pueden dejar la mansión y al hacerse conscientes de este encierro y de este aislamiento, pierden la compostura, devienen animalescos, se abandonan a la histeria y al miedo. Este es, a grandes rasgos, el argumento de la película, si es que puede hablarse de un argumento en el sentido habitual. Si con algo podemos emparentarla, más que con el surrealismo de Dalí es con los esperpentos de Valle Inclán y con las greguerías de Gómez de la Serna, las más paradójicas.
La crítica ha señalado reiteradamente la gran sátira de la burguesía que la subyace. El joven Buñuel, que se solazaba abofeteando curas a su paso, se volvió luego un viejo seco y preciso: demoledor. Puede ser la burguesía en abstracto, es verdad, pero lo que yo veo aquí es a nuestra obtusa burguesía, a la que no puede ver el país que la rodea, la burguesía de la felicidad radiante de Caras y Actual.
Perdónenme ustedes la lectura intencionada, el revanchismo social. Nadie puede reducir El ángel exterminador a una sola lectura, y por supuesto que no dice eso precisamente, y que dice mucho más. Pero luego sucede que los hechos en la película adquieren visos de profecía. Cuando al fin pueden escapar, nuestros personajes acuden a la iglesia a celebrar una misa de agradecimiento. Pero, al concluir ésta, una vez más no pueden salir del templo. Afuera, un hato de borregos corre hacia la iglesia, mientras el ejército masacra a una multitud. Claro que los borregos no eran una alusión a la cultura política mexicana, y claro que el ejército era aquí un capricho goyesco, uno más de esos desplantes de humor grueso de Buñuel. El ángel exterminador es universal, claro está, sólo que parece una película mexicana que transcurre en el infierno.
El bien y el mal según Scorsese
A.G.M.
Decía Borges que la paternidad es una cuestión de fe. Una apuesta contra el sensato principio según el cual jamás sabremos la verdad completa sobre ningún asunto. Un padre es alguien que prefiere cerrar los ojos a la incertidumbre y aceptar (por confianza, por credulidad, por inercia) que un hijo es suyo.
Quizá jugando con ideas similares, en Los infiltrados Martín Scorsese sigue la trayectoria del pequeño Collin Sullivan, quien no hacía más que estar sentado en una cafetería, sin imaginar que su verdadero padre estaba a punto de cruzar la puerta y arrebatarlo hacia una vida completamente diferente. No los une ninguna relación biológica: entre ellos, la paternidad se construye por elección mutua. A los nueve o diez años, Collin Sullivan decide convertirse en hijo de quien promete darle dinero, el capo Frank Costello. Y la primera enseñanza del gángster al pequeño (enormes ojos y aire inocente) es una tajante afirmación de relatividad moral: ¿qué importa ser un policía o un ladrón cuando te están apuntando con una pistola? Enormes ojos y aire inocente, Collin Sullivan asiente e inicia una carrera que lo convertirá en alguien como su padre recién elegido. Un hombre poderoso, que impone su criterio y tiene derecho de vida o muerte sobre otros. Un hombre que no distingue entre el bien y el mal, ni entre policías y mafiosos.
Más allá del bien y del mal, la conservación del poder se revela como el único valor, superior a la artificial distinción entre lo legal y lo ilícito, el que justifica cualquier acto, por ejemplo la violencia y la tortura. Collin Sullivan se va convirtiendo en un doble de Frank Costello, quizá en una versión mejorada, aún más letal. Al parecer, Collin Sullivan es aún más capaz de utilizar al bien y al mal en su provecho, es el infiltrado genial, el mafioso que puede llegar a dirigir la policía sin un solo momento de escrúpulo.
Del otro lado del espejo que opone a policías y mafiosos y revela constantemente su exacto parecido, el huérfano Billy Costigan busca su identidad mientras se infiltra en la mafia para tratar de atrapar a Frank Costello. Aunque en todo momento es capaz de desempeñar su papel y comportarse como un hombre y ejercer la violencia, no tener un padre poderoso lo hace vulnerable al miedo, a los escrúpulos, a las dudas, incluso a la necesidad de confiar en una mujer, debilidad que permite una de las paradojas finales de la película.
Aunque la paternidad es un artificio para conservar el poder (a través de sus hijos, un hombre sigue dominando y poseyendo lo que fue suyo), la pasión por ejercerlo arrasa incluso con ese vínculo. Más allá del supuesto afecto, padre e hijo se enfrentan en un escenario devastado, de donde sólo uno saldrá vivo tras pisotear años de confianza. También los infiltrados Costigan y Sullivan se baten en un duelo a muerte. Y la mujer de ambos se aleja de la escena funeraria llevando en su vientre a un hijo que, como corresponde a esta especulación sobre la paternidad, jamás sabrá si es hijo del policía o del mafioso.
P.D.: Esta semana ha muerto Augusto Pinochet, un perfecto ejemplo de la relatividad moral representada en Los infiltrados. Asesino, torturador y extorsionador, Pinochet recibe honores militares, burla a la justicia y provoca manifestaciones de júbilo en quienes piensan que este mundo se ha librado de un monstruo.
El Ángel Exterminador
J.C.B.
Dicen que Dante Gabriel Rosetti , luego de leer Cumbres borrascosas, le escribió a un amigo: “La acción transcurre en el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres ingleses”. Es sabido que Buñuel se arrepintió en algún momento de haber filmado en México El ángel exterminador, una de sus mejores películas, una de las más radicales y extrañas. La imaginaba en Londres o en París, con actores y escenarios que encarnaran una alta aristocracia arquetípica. Buscó actores que no tuvieran una apariencia claramente mexicana. Pero no lo consiguió, o lo consiguió a medias. México está ahí, saliéndosele de las costuras, como sus manos de cadáveres saliéndose de los roperos. La acción pudo haberla imaginado en Londres, pero el asunto parece espantosamente mexicano.
Ya, ya, claro está: la fuerza de los clásicos es su vivísima actualidad, se ha dicho, y cada quien acomoda el que le apetece a su propio gusto o pesadilla. El caso es que he vuelto a ver El ángel exterminador y la lectura que me ha permitido esta vez me puso los pelos de punta. En ella, una pareja de la alta burguesía se dispone a realizar una cena de gran postín. Pero algo sucede, una fuerza que lo arruinará todo, e incluso antes de que los invitados lleguen, los sirvientes, empujados por una intuición irrefrenable, abandonan la casa. La celebración avanza entre paradojas y sarcasmos: un humor negro, absurdo, la recorre. Digo avanza, pero no: va hacia el encierro, hacia la asfixia. Por algún motivo que nunca sabremos, los convidados no pueden dejar la mansión y al hacerse conscientes de este encierro y de este aislamiento, pierden la compostura, devienen animalescos, se abandonan a la histeria y al miedo. Este es, a grandes rasgos, el argumento de la película, si es que puede hablarse de un argumento en el sentido habitual. Si con algo podemos emparentarla, más que con el surrealismo de Dalí es con los esperpentos de Valle Inclán y con las greguerías de Gómez de la Serna, las más paradójicas.
La crítica ha señalado reiteradamente la gran sátira de la burguesía que la subyace. El joven Buñuel, que se solazaba abofeteando curas a su paso, se volvió luego un viejo seco y preciso: demoledor. Puede ser la burguesía en abstracto, es verdad, pero lo que yo veo aquí es a nuestra obtusa burguesía, a la que no puede ver el país que la rodea, la burguesía de la felicidad radiante de Caras y Actual.
Perdónenme ustedes la lectura intencionada, el revanchismo social. Nadie puede reducir El ángel exterminador a una sola lectura, y por supuesto que no dice eso precisamente, y que dice mucho más. Pero luego sucede que los hechos en la película adquieren visos de profecía. Cuando al fin pueden escapar, nuestros personajes acuden a la iglesia a celebrar una misa de agradecimiento. Pero, al concluir ésta, una vez más no pueden salir del templo. Afuera, un hato de borregos corre hacia la iglesia, mientras el ejército masacra a una multitud. Claro que los borregos no eran una alusión a la cultura política mexicana, y claro que el ejército era aquí un capricho goyesco, uno más de esos desplantes de humor grueso de Buñuel. El ángel exterminador es universal, claro está, sólo que parece una película mexicana que transcurre en el infierno.
El bien y el mal según Scorsese
A.G.M.
Decía Borges que la paternidad es una cuestión de fe. Una apuesta contra el sensato principio según el cual jamás sabremos la verdad completa sobre ningún asunto. Un padre es alguien que prefiere cerrar los ojos a la incertidumbre y aceptar (por confianza, por credulidad, por inercia) que un hijo es suyo.
Quizá jugando con ideas similares, en Los infiltrados Martín Scorsese sigue la trayectoria del pequeño Collin Sullivan, quien no hacía más que estar sentado en una cafetería, sin imaginar que su verdadero padre estaba a punto de cruzar la puerta y arrebatarlo hacia una vida completamente diferente. No los une ninguna relación biológica: entre ellos, la paternidad se construye por elección mutua. A los nueve o diez años, Collin Sullivan decide convertirse en hijo de quien promete darle dinero, el capo Frank Costello. Y la primera enseñanza del gángster al pequeño (enormes ojos y aire inocente) es una tajante afirmación de relatividad moral: ¿qué importa ser un policía o un ladrón cuando te están apuntando con una pistola? Enormes ojos y aire inocente, Collin Sullivan asiente e inicia una carrera que lo convertirá en alguien como su padre recién elegido. Un hombre poderoso, que impone su criterio y tiene derecho de vida o muerte sobre otros. Un hombre que no distingue entre el bien y el mal, ni entre policías y mafiosos.
Más allá del bien y del mal, la conservación del poder se revela como el único valor, superior a la artificial distinción entre lo legal y lo ilícito, el que justifica cualquier acto, por ejemplo la violencia y la tortura. Collin Sullivan se va convirtiendo en un doble de Frank Costello, quizá en una versión mejorada, aún más letal. Al parecer, Collin Sullivan es aún más capaz de utilizar al bien y al mal en su provecho, es el infiltrado genial, el mafioso que puede llegar a dirigir la policía sin un solo momento de escrúpulo.
Del otro lado del espejo que opone a policías y mafiosos y revela constantemente su exacto parecido, el huérfano Billy Costigan busca su identidad mientras se infiltra en la mafia para tratar de atrapar a Frank Costello. Aunque en todo momento es capaz de desempeñar su papel y comportarse como un hombre y ejercer la violencia, no tener un padre poderoso lo hace vulnerable al miedo, a los escrúpulos, a las dudas, incluso a la necesidad de confiar en una mujer, debilidad que permite una de las paradojas finales de la película.
Aunque la paternidad es un artificio para conservar el poder (a través de sus hijos, un hombre sigue dominando y poseyendo lo que fue suyo), la pasión por ejercerlo arrasa incluso con ese vínculo. Más allá del supuesto afecto, padre e hijo se enfrentan en un escenario devastado, de donde sólo uno saldrá vivo tras pisotear años de confianza. También los infiltrados Costigan y Sullivan se baten en un duelo a muerte. Y la mujer de ambos se aleja de la escena funeraria llevando en su vientre a un hijo que, como corresponde a esta especulación sobre la paternidad, jamás sabrá si es hijo del policía o del mafioso.
P.D.: Esta semana ha muerto Augusto Pinochet, un perfecto ejemplo de la relatividad moral representada en Los infiltrados. Asesino, torturador y extorsionador, Pinochet recibe honores militares, burla a la justicia y provoca manifestaciones de júbilo en quienes piensan que este mundo se ha librado de un monstruo.

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