Sunday, December 17, 2006

Día mundial contra el teléfono

Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal
el viernes 1 de diciembre de 2006

DIA INTERNACIONAL CONTRA EL TELÉFONO

C.R.G.

En "Silence on Trial", uno de los dos ensayos que conforman el libro Art and Fear de Paul Virilio, el autor arremete—con su característica grandilocuencia, con sus punzantes comentarios al margen y dentro del margen—contra la ensordecedora influencia del audio-visual—ese mundanal ruido, esa caterva de voces que han silenciado al silencio, que le han robado su voz. Por razones que quisiera parecidas y que, tal vez, en una de ésas, lo son, hoy hago un llamado contra el teléfono en particular y, ya entrados en apasionamientos de fin de año e inicios de milenio, contra el lenguaje oral en general.

Denuncio al teléfono como un instrumento de tortura. Escribo que la voz aturde, que la voz embota. Demasiado ahí. Excesivamente aquí. La voz es empalagosa. En una gran e imaginaria marcha del silencio, veo grandes mantas con los lemas: arriba el lenguaje escrito, abajo el lenguaje oral.

Mi amigo, el Más-Miedoso-de-Todos, asegura: las bocas son para besarse, no para hablar (y yo estoy de acuerdo).
El hombre escrito. La mujer escrita. Nada como ellos.
Hablar es siempre una decepción.
El que habla, posa.
Which is to say that since Homer did not know how to write, very possibly he did not know how to add, either. (David Markson dixit).
El lenguaje oral ya pasó.
Enjoy the silence (Depeche Mode dixit).

Me declaro radicalmente a favor de las cartas, aun las de amor, el e-mail, el blogspot, el messenger, el fax, los telegramas, los recados en las servilletas o en las palmas de las manos, los carteles, las películas subtituladas, los tatuajes, los contratos (especialmente los que incluyen letras pequeñísimas).

Yo soy yo y mi teclado.
Yo es letra (mi Amigo-El-Más-Miedoso dixit).
Un placer, como siempre, no hablar contigo.
Ah, el silencio de la escritura. Eso.
Esto.

De la conversación y los besos
S.G.L.

El teléfono es una extensión muy, pero muy dilatada de nuestra voz, de tu voz, de mi voz. Por ejemplo, se me ocurre, de pronto, una ‘buena idea’, y entonces me dirijo al teléfono, levanto el auricular, digito tu número telefónico, escucho los timbrazos y enseguida reconozco tu voz: Sííííí. Sé que a ese prolongado ‘sí’ le seguirá una breve pausa –décimas de segundo- que yo romperé al decir: ‘soy yo, y tengo que decirte algo…’ Y comienza la conversación telefónica.

En otras ocasiones renuncio al teléfono. Prefiero estar sentado a la mesa contigo, aspirando el aroma perfumado de una taza de café. Y yo que no soy parlanchín sino reservado y un poco asustadizo, al escucharte hablar me siento encantado, dentro de tu canto, que quiere decir que estoy dentro de tu tono y ritmo (porque la voz encanta es, pues, como un canto), digo, yo que apenas sé hilar un par de frases coherentes cuando doy la respuesta a la pregunta de la profesora, en ese momento de encantamiento, me atrevo y hablo (casi) sin parar.

Mientras hablas, respondiendo a lo último que dije que fue la respuesta a lo último que tú expresaste, aprovecho cuando noto que detienes tu locución para tomar aire y entonces paso mis brazos –bruscamente, debo confesarlo- alrededor de tu cuello para darte un beso que interrumpe la plática. Los besos son una suspensión, un descanso para continuar -sin sentirnos extenuados- nuestra conversación.

Si únicamente leyera tus cartas ¿cómo podría besarte? Porque la escritura prescinde del aquí y del ahora (hic et nunc) de tu cuerpo. Una carta debe estar bien escrita y el remitente debe ser generoso en detalles si quiere que el destinatario entienda lo que debe de entender. En cambio, el habla, la conversación descansa sobre las inflexiones de tu voz, de las pausas, del encuentro de tu mirada con la mía, de tus gestos, de tus manos agitándose en el aire... Todo ello contribuye a embellecer nuestra plática y al entendimiento mutuo.

Y si únicamente los besos prevalecieran en nuestras reuniones ¿cómo te haría saber que hoy estoy un poco perturbado porque mi día no fue bien? O que me haría bien contarte con detalle qué me sucedió. En ese momento preferiría que me oyeras, no que me besaras. No. Si la boca no sólo es para besarse ni sólo para la interminable verbosidad. La boca es para dar besos y para decir cosas (Sócrates, el filósofo griego, nunca escribió una sola línea).

Ahora recuerdo cuando te conocí. Antes de levantarme de la mesa de esa cafetería que era otra cosa menos cafetería, te pedí tu número de teléfono. ‘Háblame por las tardes o por las noches’ recibí como advertencia antes de que lentamente cantarás cada uno de los dígitos que fueron ocho. Anoté tus palabras en mi memoria y el número en la palma de mi mano. ‘Fue un placer hablar contigo’, y cuando concluiste la frase, te atraje a mí y te besé (los besos causan adicción, según Joaquín Sabina).

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