Sunday, December 17, 2006

De la fragilidad de los hombres

Publicado en la Sección Cultura del periódico mexicano El Universal el viernes ocho de diciembre de 2006

Un amor de Mickey Mouse
A.G.M.


¿Qué hace Mickey Mouse en mi vida amorosa? No hace mucho conversaba con un viejo novio (viejo, no tanto por su edad, sino porque la historia sucedió hace años) sobre algunas escenas que vivimos juntos. Según él, nunca ha podido quitarse de encima un comentario mío, hecho en un momento de gran intimidad.
- Me recuerdas a Mickey Mouse,- dice que le dije.- ¿Te acuerdas de aquel corto en el que hechiza a las escobas para que acarreen el agua?
- El aprendiz de brujo, con música de Paul Dukas, -contestó al punto, porque siempre tuvo un lado erudito.- Un momento estelar de Fantasía.
Sin dejarme arredrar por su tendencia enciclopédica, proseguí: el corto era una maravillosa síntesis de su reacción ante las emociones desatadas a medida que nuestra relación avanzaba. Ahí estábamos, inundados por sentimientos, imaginaciones y recuerdos, jurándonos pasión eterna (en esos momentos él, como Mickey, alardeaba de su habilidad con la batuta) mientras las escobas acarreaban más y más cubetas. Yo me sentía encantada en aquel universo líquido (mi propio personaje tiene sus puntos de contacto con La Sirenita,) pero él se ahogaba. Su habilidad con la batuta, aunque incólume, parecía (y era) incapaz de detener el avance de las aguas, pero no podía dejar de considerarse responsable. Y fracasado. Por más que yo alabara su desempeño, parecía a punto de soltarse a llorar de terror.
Los hombres no lloran.
No hubo chiste capaz de relajarlo. Ni suculento platillo preparado por mis expertas manos, ni disco de Paul Dukas, ni enciclopedia del cine animado. De hecho, tronamos a las pocas semanas, quizá porque yo me sentía tan simpática haciendo comentarios que a él le sonaban lapidarios. La verdad, no hubiera sido tan difícil que me revirara: la aprendiz de brujo era yo, que no lograba comunicarle mi tierna preocupación, mi deseo de hacerlo reír para que se olvidara de sus miedos. Pero estábamos llegando al punto en que cualquier conversación es ya superflua.
Han pasado varios años y ahora podemos tomar café y recuperar escenas como ésta, porque conseguimos detener el drama de las escobas y las cubetas en un punto desde donde aún pudimos ser amigos. Ahora yo quisiera relatarle cómo me dolió la despedida. Pero enciende un cigarro y algo en su expresión me dice que sería mejor hablar de cine.

Deconstruyendo al hombre frágil

V. A.

¿Dónde radica, se esconde o se demuestra la fragilidad de un hombre? ¿En sus temores o preocupaciones? ¿En aquellas ocasiones en las que rompe los diques bajo sus ojos y deja escapar la sustancia salina? ¿En las que por fin se decide a hablar y confesar lo que le angustia o le causa dolor? ¿Cuando lo hieren? ¿Cuando abandona sus múltiples prejuicios y decide actuar de otra manera, menos agresiva o violenta?
A últimas fechas, he conocido muchos hombres que han abandonado el arquetipo del macho (o de “el mexicano” por excelencia hasta hace algunos años) y que suelen defenderse a capa y espada ante la más mínima sospecha o insinuación de que puedan serlo, de que alguna de sus actitudes demuestre el más leve indicio de comportamiento tosco y dominante. Para estos hombres, la conducta y acciones del macho son ahora no sólo maneras reprobables, que en el ideal más hombres deberían abandonar, sino una actitud que ha dejado de llevar el rol protagónico, para transformarse en nada más que una burda escenografía. Bajo este nuevo orden de ideas, dichos hombres —citadinos en su mayoría, de entre 20 y 40 años preferentemente— se muestran modernos y moderados, se abren a dialogar sus sentimientos y, en especial, dicen no temerle a la fragilidad.
No obstante y como coincidencia para demostrar la contradicción, un día conocí a un médico inglés. Furibundo y echando pestes, el doctor Banks es uno de los tantos que continúa renegando cada vez que su cruzada por la salud masculina se topa con el escaso o nulo interés que los hombres, si bien modernos y moderados, continúan sintiendo por su propia salud. Acompañado por una militancia de profesionales sanitarios, lo que Banks sigue buscando es conseguir medidas educativas que destierren el tópico de que “cuidarse mucho no es de hombres”, sin importar lo abiertos que éstos estén a la nueva época de la fragilidad, también para hombres.
Asistente habitual al Foro Europeo de Salud Masculina, el médico inglés contaba que los hombres suelen suicidarse más. En una encuesta llevada a cabo en el Reino Unido, uno de cada tres hombres continúa prefiriendo desahogarse por su cuenta que hablar de sus sentimientos más profundos con otra persona. El peaje de este recelo contemporáneo es que el 75% de los suicidios cometidos en el país los llevan a cabo hombres, y que el 67% de los que frustraron su intento, confiesa no haber encontrado ayuda real en ninguna parte, datos que si bien provenientes de otro país, no distan mucho de los que registran otros países, entre ellos el nuestro. Pero no sólo eso, Branks agregaba que si bien hombres y mujeres enferman igual, los hombres evolucionan peor al padecimiento. Las prevenciones, la cautela, las salvaguardas siguen estando reñidas con el talante del hombre —decía—, lo nuestro son los desafíos, y cuanto más bestias con nosotros mismos, especialmente en el tópico de la salud, aunque hacia el exterior seamos más cuidadosos, mejor.
Mi charla con el doctor inglés fue breve, pero repensando después lo que había dicho, quizá, estos datos vengan abonar la sensación de que esta nueva actitud masculina, la del hombre frágil, moderno y moderado, oponente del macho en toda la dimensión viril, todavía se mantiene en la superficie, hacia fuera, basada sólo en los modos de ser, más que en el ser en sí.

1 Comments:

Blogger Rodrigo Pardo said...

Vizania,
soy Rodrigo Pardo (fuimos amigos en esa lejana infancia) y me gustaría que estableciéramos contacto. Yo he leído tu novela y ahora algunos de tus artículo, pero poco más sé de ti. No dejes de escribir, cuando puedas. Un saludo

12:54 AM  

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